Sociología ordinaria 2015: resumen posterior

flyerLos días 14 y 15 de mayo celebramos los Terceros Encuentros de Sociología Ordinaria. El tema esta vez fueron “esas Emociones ordinarias que configuran el sentido de nuestro día a día así como las jerarquías y asimetrías que componen y lo atraviesan” (Call for Papers). Parte de lo que allí pasó puedes reconstruirlo con los vídeos, abstracts, presentaciones, etc. de las distintas intervenciones, a las que puedes acceder desde aquí (como ya hicimos en el 2013 y el 2014). Pero, para pajarear un poco antes de aterrizar en cada propuesta, te animamos a echar un ojo a las imágenes y comentarios de #ordinaria3 y sobre todo a leer las crónicas del evento de Silvia Nanclares e Iñaki Martínez de Albeniz. Gracias a ambos; gracias también a quienes compartisteis vuestros trabajos y desasosiegos al tiempo que ofrecíais vuestra escucha, a quienes nos echasteis manos con los trabajos de cocina desde una complicidad inmensa, al equipo de mediadoras de Medialab y a su director por animarnos a seguir imaginando excusas, espacios, formatos, conexiones… No os quepa duda de que en ello estamos.

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A vueltas con lo metodológico: experiencias de investigación sobre conflictos y violencia en pareja

¿Por qué cuesta tanto hablar abiertamente de los problemas metodológicos que encontramos en nuestras prácticas investigadoras? ¿Cuáles son las consecuencias de no reconocerlos, compartirlos y abordarlos? Intentando responder a estas preguntas entre otras nos fuimos de cañas por Barcelona con la gente del SIMREF tras nuestra intervención hace ya un año en el seminario Violències de Gènere des de la Metodologia de Recerca Feminista. Fue una sesión intensa de casi tres horas en la que empezamos presentando algunas limitaciones y problemas detectados y/o experimentados en las investigaciones sobre violencia de género y sus implicaciones, para después plantear también los “apaños” para resolverlos, los caminos que aparecen de chiripa (a las que ahora llaman serendipias) y otros por los que bien podríamos aventurarnos, a ver qué pasa. Todo ello está recogido en las diapositivas de la presentación y, mejor aún, en este vídeo (y  que, sí, es largo, pero creemos que merece la pena. Porque ese día estuvimos sembrás y porque el tema bien lo merece.

Y es que en el caso de la violencia de género y otras formas de abuso de poder en relaciones íntimas estamos ante un problema claro de diagnóstico. Parecemos tan convencidos de que esta violencia es una lacra del pasado, que es cuestión de educación y que la protagonizan unos sujetos particularmente violentos, machistas (y unas mujeres a las que ni siquiera les concedemos que sepan lo que les pasa) que no  queda otra que sorprenderse (“era un vecino normal”) y escandalizarse con más o menos postureo cada vez que otra mujer es asesinada. ¿Cómo es posible que esto siga sucediendo?, exclaman algunos entonces (tampoco muchos, la verdad, para las 782 mujeres asesinadas por sus compañeros o excompañeros desde 2003). Como si la desigualdad (presente, material) y sus privilegios asociados ni existieran ni tuviera nada que ver en ello.

Pero, a lo que vamos ahora, si nos inquieta cómo es posible que esto siga sucediendo tras décadas de movilización, políticas públicas e investigación ¿no deberíamos darle una vuelta a las metodologías con las que intentamos abordar la cuestión a ver qué estamos pasando por alto y cómo hacerlo mejor?  Esta intentó ser nuestra aportación a ese debate. Y es que, volviendo al principio, ¿qué nos jugamos (y con quién, y a beneficio de quién) ocultando o minimizando las dificultades y límites de nuestras investigaciones? ¿Qué implica reducir la metodología a mera aplicación de técnicas, diseñadas desde una lógica literalmente aplastante y aparentemente aproblemática? ¿Acaso las vidas se pliegan dócilmente a nuestros intereses, diseños y herramientas de investigación? ¿Acaso la realidad es tan dócil? Porque esto, ¿de qué iba? ¿De parapetarse tozudamente y salvar la cara en foros autodenominados expertos o de remangarnos colectivamente a resolver problemas? Nuestras decisiones ordinarias (esto  es, cotidianas, aparentemente banales y comprometidas con ordenamientos presentes y futuros) están atravesadas por algunas respuestas presupuestas a estas preguntas. Y quizá sea momento de explicitarlas.

Gracias Barbara Biglia, a Lena Prado y al resto de la gente del SIMREF por invitarnos a conversar con ellas sobre todo esto.

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Sociología Ordinaria 2015: El Programa

Ya está disponible el programa del tercer Encuentro de Sociología Ordinaria: Emociones Ordinarias que tendrá lugar los días 13-14 de mayo en MediaLab-Prado. Desde él puedes acceder a toda la información (abstracts, biografías, etc.) Muchos temas, muchas conversaciones, muchos formatos, mucha gente, ¡¡¡muchas ganas!!! Las sesiones que tendrán lugar en el Auditorio se podrán seguir en streaming. Y en unos días los vídeos estarán disponibles en el blog. Los objetivos y el planteamiento del Encuentro puedes consultarlos aquí. Inscripción y asistencia gratuita. Para cualquier duda, aclaración adicional o aporte (por ejemplo un diseño más currao-apañao del programa) podéis contactar con nosotras por correo electrónico (sociologiaordinaria@gmail.com) o bien dejarnos un comentario aquí.

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Sociología Ordinaria 2015 Call for Papers

Un año más, y ya van tres, os invitamos a participar en los Encuentros de Sociología Ordinaria que tendrán lugar los días 13-14 de mayo en MediaLab-Prado. En esta ocasión la propuesta es conversar sobre esas “Emociones ordinarias” que configuran el sentido de nuestro día a día así como sobre las jerarquías y asimetrías que a su vez las atraviesan. Además pretendemos que la ocasión nos sirva también para indagar sobre las limitaciones metodológicas experimentadas en su abordaje y los “apaños” ingeniosos para superarlas. Inscripción: gratuita Recepción de propuestas: hasta el 9 de marzo Formulario Planteamiento La centralidad que le otorgamos a lo que la gente piensa y/o hace (o más bien a lo que dice que piensa y/o hace dado la importancia otorgada a lo discursivo) lleva con frecuencia a desconsiderar lo que se siente, quedando así las dimensiones afectivas marcadas en su supuesta exterioridad constitutiva con respecto a las dimensiones cognitivas y comportamentales, aún cuando configuran el sentido de nuestro día a día. Un sentido en el que se entrecruzan de manera creativa lo que se siente, lo que se interpreta y la orientación que se da a lo que se hace. De ahí que, con la que está cayendo, estos terceros encuentros abramos el paraguas de las “Emociones ordinarias”, en el que caben múltiples posibilidades. A modo orientativo os convocamos para:

  • Intercambiar, por ejemplo, análisis y ejemplos de la evacuación de las emociones del repertorio moderno pero también de sus resistencias; de su relegación a lo privado y personal pero también de sus expresiones colectivas; de su desconsideración bajo el privilegio de un sujeto racional y reflexivo pretendidamente universal pero cotidianamente privilegiado; de sus implicaciones para la exclusión de voces, tonos, subjetividades y prácticas…
  • Conversar sobre coreografías afectivas: de sus danzas con el decir y el hacer, sus acomodos asimétricos en función de melodías e inercias poderosas, sus ajustes cotidianos; así como los ajustes y desajustes, sintonías y sincronías que habilitan los afectos compartidos…
  • Compartir experiencias metodológicas en torno a su abordaje: tanto las limitaciones experimentadas y los desasosiegos que nos generan como las potencialidades detectadas o los “apaños” ingeniosos de andar por casa que nos puedan ayudar a investigar esas emociones ordinarias.
  • Y, como siempre, sorprendernos con otros acercamientos inesperados a lo frívolo, lo banal y lo superficial.

En definitiva os proponemos acercarnos a los estilos emocionales, las culturas afectivas y las “estructuras del sentir”: “pensamiento tal como es sentido y sentimiento tal como es pensado; una conciencia práctica de tipo presente, dentro de una continuidad viviente e interrelacionada” (Williams 2009: 155), entendiendo que esa “estructura” está hecha de relaciones enredadas y en tensión, una experiencia social en proceso, a la que no siempre se le reconoce ese carácter social, en tanto que relacional y materializada en múltiples mediaciones, así como dotada de características emergentes, conectoras y dominantes, y de jerarquías específicas. ¿Qué (nos) indigna? ¿Qué (nos) avergüenza y por qué? ¿Qué nos pone y cómo nos pone? ¿Cómo apasiona lo que apasiona? ¿Qué (nos) divierte y (nos) hace la vida más vivible y cómo lo consigue? Convocatoria de propuestas Serán bienvenidas todo tipo de intervenciones (sociológicas, antropológicas, filológicas, textuales, históricas, políticas, activistas, artísticas, etc.) y formatos (textual, visual) siempre que las cuestiones prácticas de intendencia lo permitan. Las propuestas incluirán, junto a la información de contacto y afiliación institucional de los/as firmantes, un título y un resumen de no más de 500 palabras. Las propuestas individuales seleccionadas se agruparán en mesas temáticas o en las sesiones específicas de “café con poster”. También pueden enviarse propuestas de talleres o paneles colectivos. Calendario

  • Hasta el 9 de marzo: recepción de propuestas (formulario)
  • 20 de marzo: comunicación de aceptación y apertura del plazo de inscripción (gratuita).
  • Hasta el 27 de marzo: confirmación de asistencia de las propuestas seleccionadas.
  • 10 de abril: publicación del calendario de sesiones.

Para cualquier aclaración adicional podéis contactar con nosotras por correo electrónico (sociologiaordinaria@gmail.com) o bien dejarnos un comentario aquí.

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Ciutat Morta, la banalidad del mal y… la responsabilidad docente y enfermera

El miércoles pasado vi Ciutat Morta. Desde entonces ando revuelta (como cuando leí a Hannah Arendt sobre la banalidad del mal) y no puedo dejar de pensar en lo que quedó fuera de mi programa de sociología en la asignatura de enfermería que imparto.

Hay dos momentos al inicio del documental sobre el #4F que me produjeron un profundo desasosiego; tanto que tendré que volver a verlo, pues a partir de ahí todo se fue haciendo vidrioso. El primero es cuando Rodrigo Lanza cuenta cómo le golpearon en comisaría: “Puede que haya sido un minuto, pero a mí se me hizo eterno. Ese minuto fue atroz”. En ese momento, con esa frase en la pantalla y la piel, vemos un cronómetro traslúcido sobreimpresionado sobre escenas ordinarias: un guardia custodia una puerta, la gente pasa por la acera, anuncios de ofertas de paella y tapas, un expositor de postales de Barcelona que gira sobre su propio eje… “Es imposible olvidar Ciutat Morta una vez la ves“, escribe Lucía Lijtmaer, “es muy probable que la película te persiga por las calles, acechándote. Sería muy fácil decir que te quita un velo de delante de los ojos, pero más bien puede que te suceda lo contrario. De repente, sobre monumentos, esquinas, paseantes, hay algo pegajoso que lo cubre todo”.

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El segundero parece avanzar cada vez más lento sobre esas unas imágenes que por su familiaridad resultan inquietantes hasta hacerse eterno (lo que me recuerda a esta otra impresionante campaña que intenta romper otros silencios en torno al sufrimiento y la muerte). La violencia (como las desigualdades) se hace traslúcida, como el cristal de un escaparate relumbrante no se ve, pero ahí está; y es tan pegajosa que lo impregna todo, mientras camino por la acera, me como una paella o compro una postal. Lo que me hace reconocer cómo mi propia cotidianidad e inercias podrían haberme llevado, como otras muchas veces, a marcar el documental entre las “cosas pendiente de ver” que acaban cayendo en el  olvido. Al fin y al cabo es un caso más de los que me parecen absolutamente inaceptables pero… no tanto como para levantarme del sofá, mullido con silencios, descuidos y estereotipos más o menos reconocidos que minimizan los golpes.

Sin embargo esta vez lo vi. Aunque cómo llegué a verlo creo que también importa. La noche anterior, mirando distraídamente el móvil, un tuit me llevó al vídeo de José Martínez, ex sargento de la Guardia Urbana de Barcelona, que tras la emisión del documental denunciaba que no era un caso aislado. Tirada en el sofá, le di al play… y me fui quedando sin habla.

Me indignó. Me repugnó lo que contaba. Atónita clamé justicia desde mi salón, recordé películas como En el nombre del padre y alabé la dignidad y valentía de la gente que se empeña en hacer el mundo más vivible y estas prácticas menos invisibles. El relato de José Martínez me hizo palpar el cristal, duro, frío. Y me empujó a querer saber más. Significativo, ¿no? El “caso” encontró hueco en mi cotidianidad, más allá de la lectura apresurada y superficial de titulares y tuits, porque alguien imbuido de autoridad en el repertorio hegemónico de estereotipos y ordenamientos no me permitía obviarlo.

Pero aún estaba en la fase 1: repugnancia, rechazo, cabreo… Hacia los policías, los políticos, los medios… Ellos, ellos, ellos…  Hasta que al día siguiente viendo Ciutat Morta apareció ese segundo eterno en la pantalla con ese sonido tan sordo, tan de cañería. Y entonces ese “algo pegajoso que lo cubre todo” llegó definitivamente a mi sofá, donde me encogía como si quisiera evitar que me alcanzara. Pero me esperaba la fase 2, a la que me asomó otro minuto tremendo: el que tarda Rodrigo en relatar su contacto con el personal sanitario en el hospital al que les trasladan siguiendo las indicaciones del médico que les atiende (es un decir) en comisaría.

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Terrible ver su expresión al contar cómo en ese momento, al igual que le sucedería más veces, tuvo la esperanza de que alguien cuidara de él, de que alguien le viera, se preocupara por su estado, le protegiera y amortiguara su sufrimiento. No fue así. El silencio y las miradas esquivas del personal sanitario coparon el espacio imaginado de los cuidados. Terrible. No querer ver requiere mucho trabajo, mucho muro de contención. Durante todo ese tiempo su madre lo buscaba por hospitales y comisarías sin que nadie la informara; ahí no estaban los responsables políticos, ni los mandos, ni los responsables mediáticos… No. Eran trabajadores públicos que probablemente se tengan por probos ciudadanos pero que con sus prácticas ordinarias (cotidianas, vulgares, resultado y efecto de asimetrías y ordenamientos insidiosos) contribuyeron como actores y actrices de reparto a esta espiral de injusticia, discriminación y daño. Y entonces ese “algo pegajoso” me llegó a los oídos, a la nariz, y a los ojos: ¿Y yo? ¿Acaso yo soy inocente? ¿Cómo docente, no seré también cuando menos figurante?

En la asignatura que imparto en el grado de enfermería hemos trabajado sobre el derecho a la salud y la importancia de la sanidad universal, sobre cómo los estereotipos (sexistas, racistas, xenófobos, homófobos…) y las desigualdades estructurales generan inequidad sanitaria. También hemos dedicado un bloque temático a la violencia: de la violencia sexista a formas de violencia auto-infligida, de su relación con el contexto actual (de la modernidad y su delirio de sujeto autónomo, de esa crisis que es una estafa…), abordamos las dificultades en su atención e intervención, insistimos en la importancia de la prevención y los cuidados… Pero ni una palabra sobre cómo actuar cuando estamos ante una persona detenida o presa con señales evidentes de haber sufrido violencia y/o de ser víctima de una situación de abuso de poder. No hemos tratado esto. Y esa es mi responsabilidad como docente.

La OMS, en su informe de 2002, define la violencia como un problema de salud pública e insta a los diferentes actores y actrices sociales, grandes y pequeños, a contribuir decididamente a su erradicación. ¿Por qué entonces nadie en el hospital se preocupó por el estado de los detenidos? ¿Por qué los golpes que obviamente habían recibido no les escandalizaron? ¿Por qué permitieron que detuvieran a otras dos personas en la sala de curas donde estaban siendo atendidos por un accidente en bici y cuyas vidas quedarían marcadas por el suceso? Quizá alguien lo hizo; en todo caso, no los suficientes ni con suficiente energía. Pero ¿dónde se aprende por qué y cómo hacerlo? ¿Generamos espacios, tiempos y recursos para abordar estas cuestiones? ¿Qué nos parece importante trabajar en las aulas, bajo qué criterios y con qué objetivos? ¿Dónde y cómo se pone freno a las decenas de “peros” disponibles para tragar el sapo de lo que debería resultarnos inadmisible? ¿Qué papel juega la educación formal en todo esto? Las competencias y capacitaciones del lenguaje burocrático-pedagógico eluden estas cuestiones; las prisas docentes para que “el programa entre” en el semestre tampoco ayudan. Y, así, acabamos siendo partícipes, cuando menos como figurantes, de cierto orden siniestro de cosas que, en su grosería cotidiana, nos resulta inaceptable y nos repugna pero no nos es ajeno pues sustentarlo requiere de un modo u otro de nuestra colaboración, aunque sea por la vía de la inacción.

Nuestra repugnancia por un grupo señala un deseo de tomar distancia de algo acerca de nosotros mismos que este grupo representa. Tal diagnóstico es especialmente claro en la repugnancia misógina y homofóbica, pero creo que se aplica también a nuestra respuesta al mal” escribe Nussbaum en El ocultamiento de lo humano (2006: 197). Por eso no me basta con señalar a los “malvados”, a las “manzanas podridas”, a los “maltratadores” de todo tipo, que los hay y ponen los pelos de punta; porque, como he dicho o escrito en otros contextos, “sacar tarjeta roja” tiene un algo de barrer bajo la alfombra, pues las dinámicas y ordenamientos sociales en las que esa violencia se gesta, circula y daña no nos son ajenas, aunque la fuerza de las inercias parece vacunarnos para no verlo. Tampoco me basta con señalar a un sistema cruel, en abstracto e incorpóreo, que tolera crueldades y corruptelas y, no lo olvidemos, ostenta el monopolio de la violencia. Es preciso hacerlo, sin duda. Es urgente. Pero no me basta, no me calma.

El mal, el mal malo malo, no es extraordinario, no tiene cuernos ni rabo (me tienta la broma, pero hoy no me da). Tampoco es simple efecto de crueles sistemas abstractos que ocultan sus andamiajes para asegurar así su reproducción. El mal es ordinario. El mal es banal. Como escribe Hannah Arendt, una de esas pocas autoras que a duras penas consigue colarse en nuestros programas docentes, “lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales [… E]sta normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas” (2003: 165).

Esa terrorífica normalidad baila al son de coreografías familiares de dominación y responde a esfuerzos invisibles por familiares y comunes para desatender y descuidar en la práctica (y más en concreto en nuestras prácticas docentes, sanitarias, etc.) lo que nos resulta incómodo porque revela asimetrías, privilegios y exclusiones y/o nos deja en evidencia. Me gustaría haber abordado todo esto en clase, haber aprovechado mejor por ejemplo el trabajo de Cuidados confinados, una de las comunidades de aprendizaje del curso pasado, para que cuando mis estudiantes estén como enfermeras/os en un hospital, en una cárcel, en una comisaría, en un CIE, etc. cuiden efectivamente de la salud de quien tienen enfrente y, de paso, de la de nuestras democracias. Espero que al menos, señalar la laguna en este post, les anime a ver Ciutat Morta y sobre todo a conversar sobre qué mundo quieren habitar y cómo construirlo colectivamente.

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Nuevo Libro: Mediaciones Tecnológicas. Cuerpos, Afectos y Subjetividades

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Acaba de publicarse nuestro libro Mediaciones Tecnológicas. Cuerpos, Afectos y Subjetividades, con contribuciones de las ordinarias Antonio García, Elena Casado, Amparo Lasén, y textos traducidos, algunos ya publicados y otros originales de Larissa Hjorth, Christine Linke, Søren Mørk Petersen, Lin Prøitz y Mike Wesch. Aquí os reproducimos un extracto de la introducción a modo de presentación.

Este libro surge al calor de una investigación colectiva sobre las articulaciones entre la telefonía móvil, las relaciones de género y los vínculos afectivos íntimos, así como de las conexiones con otras propuestas, trabajos, redes e investigadores con los que nos hemos ido encontrando en congresos, seminarios y publicaciones académicas en diversos formatos. Con él pretendemos no solo presentar los resultados de las investigaciones que finalmente aquí se reúnen sino también invitar a visitar su trastienda o, en otros términos y, como argumentaremos al final del volumen, a dejarnos ver “con las manos en la masa” en una apuesta por una construcción reticular del conocimiento que, además, no desaloje de partida lo ordinario de las prácticas sociales, incluidas las investigadoras, ese ordinario donde se entrelazan lo cotidiano, aparentemente banal y superficial, lo sometido a ordenación y, simultáneamente, lo constitutivo de ordenamiento.

Haciendo pie en lo empírico, este texto busca analizar cómo las subjetividades contemporáneas están constitutivamente mediadas por los usos y prácticas tecnológicas. Partiendo de perspectivas sociológicas y radicados en el contexto español, pero sin renunciar por ello a la vocación multidisciplinar y apostando por las conexiones internacionales, se aborda cómo estas tecnologías de la información y la comunicación (desde los dispositivos móviles a plataformas online como Flickr, Youtube o los sitios web de contacto) median y mediatizan las interpretaciones (en tanto que sentidos pero también en tanto que puesta en escena) de nuestros cuerpos, afectos y subjetividades; todo ello con especial atención al vínculo de pareja heterosexual, a las relaciones de género que en el se despliegan y a la rearticulación de las demarcaciones entre lo público, lo privado y lo íntimo que en ese juego se conforman.

Controversias y convergencias, en plural y en su polisemia, son dos de las claves que dan sentido a este libro. Tanto en lo que atañe al proceso de su elaboración, como a su finalidad y a la constitución de los objetos de estudio, de los equipos y redes de investigación y a su ensamblaje. Además de tratar de controversias y convergencias relativas a las prácticas, las mediaciones digitales y las relaciones afectivas e íntimas, las controversias y convergencias entre los textos que presentamos son múltiples; afectan a las perspectivas teóricas y los diseños metodológicos, a los acentos, formatos y estilos y, por supuesto, a las interpretaciones de la hibridación polimorfa entre tecnologías, subjetividades, cuerpos y afectos. De las diversas posibilidades, hemos optado por una estructura que facilite los tránsitos y las conexiones sin renunciar por ello a la difracción. Tecnologías, subjetividades, cuerpos y afectos se entrelazan con diversos equilibrios en todos los capítulos. Los cuatro primeros se centran en una tecnología particular, la telefonía móvil, y a su relación con subjetividades de género y las dinámicas en las que los cuerpos sexuados se entrelazan en el vínculo afectivo específico que conforma la relación de pareja heterosexual. En los cuatro capítulos siguientes, la lente se abre a otras tecnologías, afectos y procesos de subjetivación con particular atención a lo visual:  un estudio sobre la presentación  de los varones en páginas de contacto y los juegos de miradas y de actuación que en ellas se ponen en juego; las prácticas de compartir imágenes cotidianas en la red, cuyo estudio sirve para revisitar algunas aportaciones filosóficas claves para el estudio de los afectos y sus formas de hacer en prácticas cotidianas específicas; la constitución de comunidades imaginadas de imágenes” (imaging communities) y “cartografías de personalización”, en tanto que mapas socio-emocionales, políticos y económicos, reflejo de nuevas prácticas cotidianas con respecto al trabajo y la intimidad, al tiempo que se ofrece una revisión de la bibliografía sobre los usos y prácticas de la telefonía móvil particularmente atenta al género y a algunas de sus lagunas etnocéntricas; y un análisis de como los nuevos medios no sólo introducen nuevas formas de expresarnos sino también nuevas formas de reflexionar sobre quiénes somos y cómo nos relacionamos. Así, la conexión global y las webcams, al vincular espacios privados en espacios públicos virtuales, crean conexiones que si bien efímeras y holgadas, se experimentan de manera intensa, generando espacios que permiten compartir momentos profundos de auto-reflexividad y constituyéndose así en mediaciones digitales de subjetividades, cuerpos y afectos.

La rearticulación de las demarcaciones entre lo público, lo privado y lo íntimo en este paisaje socio-tecnológico está presente de un modo u otro en todos los capítulos; una rearticulación que abre lo dado por sentado a la controversia y genera desasosiegos de diversa índole. La propia práctica investigadora no es ajena a ellos, como hemos constatado durante la investigación y la preparación de este libro. Es lo que nos ha impulsado a incluir unas notas finales con la intención de favorecer de nuevo la difracción y abrir nuestros proyectos siguientes a potenciales convergencias, teóricas o metodológicas, digitales o analógicas.

Confiamos en que el libro en su conjunto y cada capítulo en particular sean de interés para quienes investigan, enseñan o estudian Ciencias Sociales, en particular para quienes les interese el análisis de las prácticas socio-tecnológicas, las relaciones de género o las de pareja; pero también para quienes provienen del campo de la comunicación. Y, más allá de estos foros, puede ser de interés para profesionales de las industrias mediáticas y de las telecomunicaciones, y en general para un público interesado en las transformaciones de la vida cotidiana contemporánea.

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Malestares, ignorancias y comentarios online

 

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Hace unos días leí una noticia cotilleo sobre Halle Berry y el último de sus problemas de custodia compartida acerca de la denuncia al padre de su hija por, sin su consentimiento, haberle alisado y teñido el pelo con el fin de que parezca “más blanca”. Entre los comentarios, en general poco amables con la actriz, había uno donde se le atribuía estar “acomplejada”. Lo flipé con semejante engendro de epistemología de la ignorancia. Este término de Charles Mills, referido al racismo y dominación blanca como una forma de epistemología invertida, define la incapacidad o rechazo por parte de quienes ocupan una posición de privilegio de comprender, percibir y reconocer las experiencias de los que ocupan posiciones subalternas. Esto es, cómo los blancos ignoramos la dominación racial sobre los no blancos, y como esa ignorancia se convierte en un rasgo constitutivo del ser blanco. Podemos encontrar esas formas de epistemología invertida o ignorancia activa en otros ejemplos de desigualdad, y las secciones de comentarios online son un buen lugar para realizar tan desasosegante tarea.

De desasosiego a desasosiego, del que mueve a reaccionar escribiendo un comentario a lo leído en un blog o noticia, al malestar que dicho comentario provoca en la que lo lee. O sea que si manifiestas explícitamente tu conciencia, crítica o preocupación por las discriminaciones que llevas viviendo y viendo toda tu vida, lo que pasa en realidad es que tienes un problema psicológico. Ya se sabe, si no te acomodas a la desigualdad es que tienes un complejo, o un exceso de susceptibilidad (“no se os puede decir nada ahora a las tías que mira cómo os ponéis…) o falta de sentido del humor; o eres una aguafiestas, como nos recuerda Sarah Ahmed con su “feminist killjoy”. Las aguafiestas que vienen a turbar la convivencia de la comunidad, como si el problema que señalan lo creara el acto de hacerlo explícito o criticarlo (estábamos aquí tan a gustito haciendo como que somos iguales y no nos damos cuenta de nuestros privilegios y vuestras desventajas y venís a fastidiarlo). Si persistes en aguar el buen rollo entonces eres una pesada insistente (pushy), que empujas y fuerzas a los que te escuchan a ponerse en el lugar del otro o al menos a tener que resistirse para no hacerlo, para aguantar el empujón, suscitando así las cuestiones que se ignoran e invisibilizan porque no hay otra forma de traerlas a la conversación (qué pesados son estos activistas, qué feminazis, qué histéricos en sus protestas, cómo molesta el ruido, qué troles y vaya trolas). Y digo ponerse en el lugar del otro y no meterse en su piel, porque ni de coña, ni con la mejor de nuestras intenciones, podemos meternos siendo blancos en pieles que no lo son. Acabar con la epistemología de la ignorancia requiere empatía, desde luego, pero también reconocer los límites de la empatía y la radical diferencia de las experiencias. Mejor que intentar meterse en la piel del otro, como también hacen a su manera los que atribuyen complejos, es tomar conciencia de lo que entraña estar en nuestra propia piel, de los privilegios que nos otorga y de las mil maneras en que los reforzamos y los protegemos, con nuestros saberes y nuestras ignorancias activas, nuestras acciones y nuestros “despistes”.

Leer los comentarios anónimos en los blogs o en las noticias de prensa puede ser a menudo descorazonador, como en este caso, y un riesgo mayor cuando son amenazantes e insultantes si eres la que ha escrito el post en cuestión o el objeto de la noticia. Por eso, aunque pueda parecer paradójico, empieza a tomar fuerza el consejo convertido en campaña de no leer los comentarios, o de hacerlo sólo en espacios más amables y menos anónimos.

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Así que no resulta extraño que “reinas de la participación”, como describe Cathy Davidson a danah boyd en un correo reciente de la lista FemTechNet, aparezcan en la inauguración de su nuevo centro de estudios con una pulsera roja con el lema “Never read the comments”, que se está convirtiendo en el lema hermano del “don’t feed the troll”. FemTechNet está suscitando debate e iniciativas en torno a la seguridad (safety) y la participación pública online, generada por la preocupación de profesoras y académicas de esta red a la hora de incitar a los alumnos y sobre todo alumnas a exponer sus puntos de vista y resultados de investigación en los espacios públicos digitales, vistas las reacciones hostiles con que se reciben a menudo los discursos que cuestionan y denuncian privilegios (de género, raza, clase, etc.) y el matonismo digital de quiénes se dedican a seguir blogs, diarios, y cuentas de twitter para soltar exabruptos y amenazas con el fin de callar bocas. Davidson subraya en su correo el poderío a corto plazo de estos lemas e iniciativas para las que intervienen online en debates públicos sobre discriminación y desigualdad.

De manera que cuando queremos ser aguafiestas, desafiando esas trabajadas ignorancias que justifican e invisibilizan desigualdades, escribiendo un post o lanzando una propuesta en cualquier espacio público en línea, el problema ya no sería tanto los “zero comments” (algo que se busca mitigar también enlazando los posts en tuits y muros de Facebook), sino cómo gestionar, para que no nos asusten ni nos paralicen, los insultos, las amenazas o simplemente la toma de conciencia de las formas y argumentos que toma la banalidad del mal contemporánea, a menudo en comentarios más o menos serenos, que no pretenden ser amenazas ni insultos, donde se reproducen justificaciones de las injusticias, tergiversando y ocultando privilegios.

De malestar a malestar y desasosiego a desasosiego ¿cómo definimos el troleo cuando tenemos que empujar nuestros argumentos molestos con inevitable aspereza y queremos evitar que nos callen, atemoricen o amenacen? La propuesta nada novedosa es no obviar la desigualdad y sus asimetrías, por ejemplo subrayando que las asperezas de los discursos y tonos no son simétricas ni independientes de quiénes los formulan y lo que tratan, que aquí tampoco se pueden desligar forma y contenido; que posiciones desiguales producen afectos desiguales aunque los etiquetemos con los mismos nombres, que mi indignación no es la misma que la suya, que formas en apariencia serenas pueden ser mil veces más insultantes y burdas en la desfachatez de lo que cuentan que decir, por ejemplo, “cómeme el coño con pan bimbo”.

Una estrategia para no paralizarse ni descorazonarse puede ser esa de no leer los comentarios o hacerlo de manera intermitente, esto es, rechazando la forma de diálogo que proporciona la arquitectura del blog o la web en cuestión sin renunciar a las posibilidades de expresión y publicidad de esos formatos. Pero otra estrategia también puede ser esta

Escribir de tal manera que el miedo lo tenga el que te vaya a comentar, en lugar de la que vaya a leer comentarios amedrentadores. Aguarles la fiesta del troleo haciéndoles sudar, esto es, construir nuestra propuesta (post, video, texto o lo que sea) de tal manera que se le vea el plumero a la ignorancia activa y de que no sea nada fácil hacer “como si” no me entero de mis privilegios. Ambos casos obedecen al deseo de empujar y obstaculizar esas epistemologías de la ignorancia, posibilitando que lo que se cuenta moleste y desasosiegue, que lo que decimos no se quede sólo en el círculo de los amigos. Pero si en el primero protegemos nuestro poderío evitando que los haters nos asusten y paralicen, en el segundo se busca que lo que se cuenta, y el modo en que se cuenta, vuelvan temeraria una defensa agresiva contra el empujón. No se trata de decidir cuál es mejor, podemos practicar las dos estrategias según lo que nos pida el cuerpo y cómo andemos de aguante. Pero reconozco que el reto de la Filósofa Frívola de plantear la escritura como un desafío desafiante me pone (eso si, fácil no es).

Y luego estaría también el interés sociológico de leer estos comentarios como opción metodológica para indagar en las formas actuales de la epistemología de la ignorancia. No pienso tanto en los de los energúmenos insultantes, como en los que aportan explicaciones del estilo del “complejo de inferioridad” citado. El interés no reside en una hipotética representatividad, no suponemos que representen mayorías, minorías o colectivos, pero si que ofrecen una posibilidad para mapear desasosiegos y justificaciones ignorantes, la expresión de creencias y temores que no emergen con tanta facilidad en nuestras técnicas de investigación discursivas al uso en entrevistas y grupos de discusión.

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Siempre hemos sido complejos. La simplicidad y la certeza son lujos de privilegiados

El lunes 3 de noviembre participo en una jornada sobre cómo entender y abordar la complejidad de lo contemporáneo organizada por la revista Fronterad.

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Creo que mi contribución va a ser insistir en no dar por sentado que la complejidad es algo exclusivo y característico de nuestro presente. Primero porque me parece que sólo cierto grado de ignorancia y olvido nos permite asumir, así de primeras, que nuestro mundo y nuestras vidas son más complejos que los de épocas pasadas, y segundo porque también la simplificación, bajo la forma de destrucción de prácticas y saberes,  de homogeneización y estandardización, han caracterizado y caracterizan a las lógicas económicas y políticas del capitalismo y liberalismo.

En las clases de la asignatura de cambio social del grado de sociología empezamos recordando a las mujeres de la Escuela de Chicago, como Jane Addams o Annie M. MacLean, que investigaban, enseñaban, escribían y se movilizaban acerca de los numerosos problemas sociales de ese laboratorio sociológico que era la ciudad de Chicago de finales del siglo XIX y principios del XX. Al describir en clase los múltiples procesos, dinámicas y conflictos ligados a la emigración, la industrialización, la urbanización, la proletarización, la pobreza y desigualdades, las relaciones raciales y de género, que se daban en aquella ciudad hace más de un siglo, tenemos claro que de ninguna manera podemos suponer que el grado de complejidad social era menor que en la actualidad. Aún así estaríamos dentro de una complejidad que podríamos llamar “moderna”. Pero podríamos seguir retrocediendo en el tiempo a través de los textos y otros documentos, novelas, dramas, culebrones y folletines, libros de correspondencia y ensayos, pinturas y esculturas, edificios, relatos religiosos y mitológicos, estudios históricos y antropológicos de otros tiempos y otros mundos, y preguntarnos de nuevo si de verás podemos afirmar que nuestro presente, nuestros entornos, nuestra relación con el mundo, con los demás y con nosotras mismas son más complejos, en tanto que más tensos, enmarañados, ruidosos, desconcertantes, múltiples, inciertos; o más aún, como parece deducirse de algunos discursos a veces, si de verás la complejidad en si es un rasgo que nos caracteriza y diferencia del pasado.

El modo cómo imaginamos nuestro presente respecto del pasado tiene implicaciones éticas y políticas. En clase por ejemplo estudiamos esa particular visión decimonónica de entender las transformaciones sociales que es el evolucionismo, que se caracteriza justamente por defender que el presente de las sociedades industriales y occidentales representaba el nivel mayor de complejidad, de diferenciación según sus términos, conocido en la historia hasta entonces, la etapa más avanzada y más progresada. Los distintos autores de esta corriente elaboran escalas evolutivas, trayectorias en etapas donde situar no sólo los distintos periodos históricos, sino también a las otras sociedades contemporáneas, según su nivel de “atraso” respecto a los países europeos y EEUU, traduciendo las diferencias culturales y geográficas en diferencias temporales, igualando así por ejemplo a los aborígenes australianos o las culturas tribales africanas y amazónicas con los pueblos prehistóricos europeos, determinando que esas culturas y pueblos no habían tenido historia, se habían quedado en la prehistoria, y que lo que les quedaba por hacer era pasar por las etapas que los europeos habíamos atravesado. La ignorancia histórica de este tipo de visiones no impidió, ni impide, su éxito. Enfoques que funcionan además como poderosos legitimadores de las empresas colonizadoras y de la supremacía de los blancos. Y aunque el evolucionismo decimonónico haya sido criticado desde hace tiempo, muchos de sus perniciosos postulados siguen estando en curso, tanto en las maneras en que la colonización y el racismo siguen operando hoy en día, como en la fascinación por lo novedoso y complejo del presente informatizado, mediado y remediado tecnológicamente.

La proliferación de tecnologías, de máquinas, de armas, de vehículos es una de las claves,  junto con la dominación y el imperialismo, de estas dos visiones. Los evolucionistas del XIX basan en parte su esquema evolutivo progresista en la transformación del medio material fabricado, a mayor número de tecnologías y objetos, a mayor industrialización y producción, mayor evolución y diferenciación, de manera que la simple contemplación y exhibición de los cuerpos semidesnudos y la “sencillez” material de los colonizados servía como argumento para apoyar sus presupuestos. La complejidad de los sistemas de parentesco, de las técnicas, de la sexualidad, de las formas de gobierno y resolución de conflictos, de las pinturas efímeras, de las composiciones musicales, de las intrincadas figuraciones rítmicas y tímbricas, de las historias mitológicas, religiosas e imaginarias, de las maneras de gestionar cuerpos y afectos, se diluían como lágrimas en la lluvia, invisibles para estas miradas interesadas. Bueno para ser exactos no se trata sólo de una tarea de invisibilización, sino también de destrucción, y no sólo en la relación entre europeos y colonizados, sino también dentro de los países occidentales. Como nos recuerda Isabelle Stengers el capitalismo y las regulaciones estatales son y han sido unos grandes destructores de prácticas y de saberes, unos grandes simplificadores y des-diferenciadores en aras de afianzar órdenes y estabilizar dominaciones.

Así que volviendo al debate del próximo lunes, es cierto que nuestro presente se nos aparece complejo en su realidad bruta, ordinaria y opaca, enmarañada de conflictos, intereses y desigualdades; y mola la propuesta de juntarse a pensar y dibujar cartografías para descifrarlo, pero en eso no nos diferenciamos mucho de las que nos precedieron. El desconcierto, los desasosiegos, las tensiones han existido siempre, puede variar su contenido, aunque en muchas cosas seguimos dándole vueltas a los mismos nudos, pues las dominaciones y desigualdades tienen la vida larga para nuestra desgracia. Releyendo la propuesta del encuentro se me ocurre que quizás cierta sensibilidad a la complejidad en nuestros días viene dada porque a algunos se les esté moviendo un poco o les están empujando un poco (y poco me parece la verdad aunque joer sí que cuesta) la certeza y los mimbres en los que se asientan sus privilegios (de varones, de blancos, de clasemedieros, de occidentalitos, de heterones, de “como dios manda”). Y es que me temo que los únicos que gozan y han gozado de la sencillez de las certezas son los privilegiados, y, más aún, que dicho disfrute no es sino un signo de privilegio. Por eso aunque suponga ir un poco a la contra de la propuesta de los amigos de Fronterad en lugar de colocarme “contra el ruido”, me pida el cuerpo pedir Plus de Bruit como la Mano Negra y Pump Up the Volume, o ponerme estupenda y recordar a John Cage con aquello de que lo que consideramos música es la evaluación moral del ruido, a unos sonidos les prestamos escucha musical, mientras que ignoramos o intentamos ignorar otros que consideramos ruido. Reconozco que el punk y las caceroladas me pueden, y aún más en estos días, no sea que con la coña de gestionar la complejidad y la incertidumbre nos vuelvan a colar los órdenes cansinos y las jerarquías que sufrimos.

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Colaboraciones Ordinarias sobre Afirmaciones Cansinas

Estos últimos días algunas de las ordinarias hemos publicado en El Estado Mental, ambas colaboraciones tienen en común cuestionar afirmaciones cansinas.

Héctor Puente habla de su historia de amor con los videojuegos, criticando esa visión errónea y simpista de que los videojugadores son sólo chicos, con déficit de sociabilidad además, frikis alienados y consumidores sumisos, describiendo la heterogeneidad y complejidad del ámbito de los videojuegos, sus jugadoras y jugadores, y las prácticas de juego en las que personas y dispositivos se ven envueltas y contribuyen a crear y producir. Aquí podéis leer el artículo completo

La otra colaboración es una conversación ordinaria sobre el “solucionismo educativo”, eso de que con educación se arregla todo, y en especial las desigualdades, donde le damos un repaso coloquial  a la frecuencia con la que tanto en los medios, como en las aulas o las conversaciones de pasillo y café, oímos a legos y a expertos (y estos son los que más nos repatean) repetir eso de que para acabar con el sexismo, la violencia de género, el racismo y hasta las desigualdades salariales y materiales, la solución es más educación, sobre todo  “educación en la igualdad”. Como si educar en una ficción que no existe fuera a hacer desaparecer los privilegios y condiciones materiales sobre los que se sustentan las desigualdades, siendo aúm más hiriente que estas recomendaciones, implícita o explícitamente, se refieren a educar a los que se encuentran en el lado chungo de la desigualdad. [Leer más]

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Hackeos, porno y otros apaños, explorando formas de hacer sociología ordinaria.

Mi sugerencia es que, a través de la observación cuidadosa del software libre y de sus modulaciones, se puede alcanzar una mejor comprensión de las transformaciones que influyen en la pornografía, Wikipedia, las cotizaciones bursátiles y muchas otras cosas maravillosas y aterradoras. Eso sí, para bien o para mal, no incluiré aquí ninguna discusión sobre pornografía. Chris Kelty, Two Bits.

Foto porno tecnología

En esta comunicación que presentamos el 4 de junio en el 4esCTS en Salamanca seguimos dándole vueltas a esta idea que contábamos aquí. Nuestra contribución explora las conexiones entre la pornografía y las lógicas colaborativas e innovadoras ligadas a los desarrollos digitales y a los dispositivos abiertos e inacabados, que se engloban bajo las etiquetas “conocimiento libre” o “procomún”. 

Con este ejemplo presentamos la propuesta de producir una sociología ordinaria que atiende a la inquietante extrañeza de lo cotidiano e invita a aprender de lo banal, lo frívolo y lo superficial, así como a repensar el imperialismo de lo serio, lo profundo, lo trascendente en la indagación social, tanto en lo relativo a la selección de sus objetos y sujetos como a la validación de las formas de conocimiento. Interesarse por las metodologías, las controversias y la diversidad de tonos, particularmente aquellos considerados ordinarios por una visión académica e intelectual tradicional, puede ayudar a romper inercias  que frente a la distancia de la supuesta neutralidad objetivista nos ayuden a comportamos como vecinas de patio (digital y de ladrillo) en nuestras investigaciones (Jane Addams).

A través de las conexiones entre porno, hackeos y formas de conocimiento abierto y compartido puede exponerse la doble manera en que consideramos lo ordinario: lo cotidiano y lo ordenado, lo rutinario y lo que construye ordenamientos sociales, esto es la reconstitución práctica de jerarquías, relaciones de poder y desigualdad. Nuestra propuesta busca también dar cuenta de la complejidad, ambivalencias y perversidad de lo ordinario, frente a las observaciones positivistas recurrentes que identifican lo ordinario y sus modos de conocimiento y existencia con lo simple e ingenuo.

El consumo de porno forma parte de las actividades cotidianas y ordinarias de un gran número de personas, y probablemente la conexión entre Internet y porno haya contribuido a asentar el consumo de porno en la cultura popular contemporánea y sus prácticas banales. Pero a diferencia de otras prácticas cotidianas, sus distintas formas de estigmatización (puritanismo, feminismo antipornografía, discursos religiosos, pánicos morales mediáticos, discursos médicos…) y la persecución legal, como en el caso de la normativa británica reciente que obliga a todos los proveedores de Internet a bloquear por defecto el acceso a todas las webs de porno, dejando el acceso libre sólo a quienes opten por ello, y que prohíbe además todas las representaciones pornográficas consideradas “extremas” (animales, cadáveres, prácticas sadomasoquistas con daño real o que lo parezca), le otorgan un estatus particular que enmascara su carácter ordinario. Lo que se revela también en la dificultad para encontrar datos estadísticos fundados sobre pornografía en Internet (4% sitios y 14% búsquedas en 2010 según Ogas y Gaddam, 2011) y la facilidad con que cifras y porcentajes espectaculares acerca de visitas, búsquedas y número de webs aparezcan en multitud de artículos y posts en la red, sin que nadie parezca preocuparse por la ausencia de referencia a las fuentes de tales datos. La presencia pública de la pornografía es así a la vez objeto de preocupación y metáfora para señalar los límites del espacio público sujetos a continúa negociación y conflicto (Atwood y Smith, 2014).

Desde sus orígenes en razón de este estatus incómodo debido a leyes restrictivas y presiones sociales de distinta índole, la pornografía ha tenido mucho de DIY y apaño (tinkering); sus lógicas consisten en aprovechar los recursos a mano, a menudo saltándose la legalidad. Estos aspectos resuenan con los modos de hacer característicos del software libre, avanzando saltándose lo aburrido, trabajando en beta, haciendo primero y luego ver que pasa.

La pornografía puede ser considerada un motor de innovación mediática: por su celeridad en la adopción de tecnologías  (imprenta, fotografía, cine, telefonía, televisión por cable, video, tecnologías precursoras de Internet como el videotexto (Minitel francés) Internet, Internet móvil, sistema de pagos online, streaming, spam, adsl) y por adaptarse “sin miedo” a perder el control sobre modos de producción y distribución que acarrean esos cambios tecnológicos. Estos aspectos no siempre se visibilizan siempre en las arqueologías de los medios. Según el analista australiano Bruce Arnold, la innovación se da porque el porno es un ecosistema en que los participantes están dispuestos o en realidad son forzados (y en este ámbito se da una interesante vinculación entre disposición y obligación) a experimentar y dicha experimentación no está limitada por el sentido común, el buen gusto o la burocracia. En esta articulación recíproca entre pornografía y tecnología, la innovación no siempre es intencional ya que viene dada por la rapidez, improvisación y pragmatismo que caracterizan a muchas de las producciones en ambos entornos.

Participación y colaboración

Nuestra propuesta consiste en pensar desde el porno las lógicas colaborativas, los dispositivos abiertos e inacabados, liberar renunciando al control. En el mundo del software libre, y más aún en el del porno, se asume que el saber está distribuido y que para tener sentido otros/as tienen que participar de un modo u otro. Ninguno de los dos ámbitos tienen sentido si no se da la apropiación activa de los participantes. Nada que ver con la imagen del receptor-consumidor-usuario pasivo. Así uno de los rasgos de esa configuración recíproca entre tecnología y pornografía es la “democratización” de esta última y el desdibujamiento de los límites entre productores, distribuidores y consumidores, en una remediación digital de lo que ya se venía dando con desarrollos tecnológicos previos ligados al vídeo o la prensa. Ejemplo de esto son la distribución comercial de porno casero, el negocio de chats y webcams, de carácter personal o corporativo, la producción comercial de pornografía que imita los códigos estéticos de la producción amateur, las formas de auto-pornificación que imitan la imagineria de la pornografía comercial, etc.

Esto ha tenido como efecto una mayor diversidad y especialización, más innovación y experimentación y mayor desarrollo de comunidades de prácticas. Aunque la ingente heterogeneidad de representaciones y producciones pornográficas, así como su portabilidad y almacenaje discretos, rasgos relevantes de la pornografía desde sus materializaciones previas que sin duda se ha extendido con la red, no es algo estrictamente novedoso. Lo que si es característico de la producción, distribución y almacenamiento digital de las producciones pornográficas es la indagación en formas de ordenación, archivaje y categorización para acomodar la diversidad (géneros, filias, etc.) y orientarse en ella, tanto en las webs comerciales como en los archivos personales. Hay una preocupación compartida con las diversas formas de conocimiento abierto, de manera que las etiquetas, palabras clave del porno in/forman la pornografía dentro de una lógica difusa (fuzzy) que en lugar de separar fantasías y deseos permite flujos y trayectorias entre ellos. Se trata de formas de folksonomy o folksonomías donde la categorización se hace de abajo a arriba, de forma colaborativa por medio de etiquetas simples que describen prácticas, rasgos de los actores como edad o etnia, lugares, objetos, o técnicas de rodaje.

Así también en el porno adquieren protagonismo los prosumidores, y las articulaciones y préstamos mutuos entre profesionales y amateurs, con las ambivalencias de esas formas de actividad que han recibido el nombre de playlabour o fanlabour, donde emergen a la vez poderío, precariedad y explotación. Otro tipo de prácticas, como las formas de autopornificación contemporáneas ligadas a la fotografía digital y a las mediaciones digitales de la sexualidad y el flirteo pueden ser consideradas también parte de estas lógicas de retroalimentación entre formas mediáticas y prácticas cotidianas.

Tanto las comunidades de conocimiento libre como las del porno son ejemplos de públicos recursivos, vitalmente comprometidos con la conservación y modificación material y práctica de los medios técnicos, legales, prácticos y conceptuales de su propia existencia como público. Kelty considera diversas modulaciones de estos públicos (educación, movimientos sociales, audiovisual, etc.) podemos entender al porno como un espacio de modulación de públicos recursivos, comprometidos con la conservación y modificación material, práctica y afectiva de los medios de su propia existencia como públicos. De manera que ambas comunidades apelan a lo común y ordinario, al procomún como estrategia exitosa de construcción de capacidades para un colectivo humano, entendiendo aquí las intensidades sexuales, afectivas y las resonancias carnales del porno como parte de esas capacidades. Ya que uno de los aspectos quratone las conexiones entre conocimiento libre y pornografía visibilizan es la importancia de lo afectivo, de las formas de enganche y apego, de generar hábitos y ritmos, que caracterizan a ambos fenómenos.

Dispositivos inacabados

La noción de dispositivo inacabado también nos puede servir para entender y pensar ambos fenómenos. El dispositivo inacabado, puede ser un espacio, una herramienta, una idea, una imagen, una propuesta; es abierto y deja espacio al otro para reconfigurarlo y alterarlo, sin imponer modos de uso únicos o criterios de pertenencia rígidos; es replicable y se puede trasladar, traducir y recrear en otros contextos y situaciones, sin establecer claramente un autor-propietario. Pueden entenderse en este sentido las actividades de reciclaje de conceptos, gestos y narrativas que caracterizan tanto a la pornografía como al software libre. El dispositivo inacabado requiere (es decir, necesita y solicita) la participación activa del otro para encontrar un sentido y un uso. Facilitan prácticas, relaciones y procesos. Este carácter inacabado no depende sólo o principalmente de su diseño: apropiaciones, desbordamientos, subversiones. La imagen del dispositivo inacabado se convierte así en lo que enuncia: en un dispositivo inacabado que, siguiendo la intervención de Marga Padilla, “requiere de alguien en el otro extremo de la red que lo retome para que la trama tenga sentido”.

Así entendemos como muestra de este carácter de dispositivo inacabado la disposición de los productores y ditribuidores de pornografía a seguir y colaborar con las audiencias díscolas en lugar de hacerles la guerra, como ocurre con otras industrias culturales y del entretenimiento, aprovechando y potenciando las posibilidades de feedback y conocimiento de la red en un bucle de imitación-remediación de lo amateur y lo profesional, donde las sexualidades cotidianas se revelan también como dispositivo de placer inacabado.

En ambos dispositivos, la pornografía y el conocimiento abierto, son cruciales los encuentros e intercambios con extraños, y desde luego ya sería deseable que la presencia de desconocidas fuera igual de bien acogida en los entornos de conocimiento abierto que en los de piernas abiertas. Si bien en la pornografía la presencia de la heterogeneidad y divergencia (género, etnia, clase, etc.) pueda ser mayor que en los ámbitos del software libre también se encuentran los ordenamientos y jerarquizaciones al uso. Dispositivo abierto y colaborativo no es en si sinónimo de poderío democráticamente compartido ni de ordenamientos que potencian la igualdad, como ponen de manifiesto, por ejemplo, el sexismo de muchas producciones pornográficas, así como el sexismo y difícil encaje de las mujeres en las comunidades de conocimiento libre, como ponen de manifiesto las múltiples polémicas, debates, acosos y troleos, en los espacios, online y offline, de participación y colaboración de estas comunidades, contra las que surgen iniciativas como Ada o Femtechnet.

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