Os presentamos el Trivial Pozí, una reconstrucción ordinaria del célebre Trivial Pursuit que eleva a la categoría de conocimiento legitimado (Bourdieu) a la cultura de barrio. Pozí, ese gran personaje pionero del frikismo que popularizó a Amparo y Manuela en Crónicas Marcianas es nuestro himno, nuestra bandera y nuestro todo. Porque ¿quién dice que es importante conocer a los reyes godos y ser ajeno a Mario Bros o a la reconvertida –exprincesa Disney- Miley Cyrus? Aplicando las lógicas de gamificación subvertimos las categorías clásicas de conocimiento hegemónico y sistemas de recompensa -que tanto nos disciplinan (Foucault)-, y tratamos de poner en valor el conocimiento de sentido común y el de la vida cotidiana. ¿El porqué del asunto? Porque lo ordinario si bien es lo prosaico, frívolo o banal, también es lo que genera orden y estructura nuestras prácticas y rutinas cotidianas. Porque lo ordinario es digno y merecedor se ser analizado (Schütz, Garfinkel, Goffman) -y tan legítimo como cualquier otro campo-, porque las racionalidades científicas pierden su sentido en el mundo de lo cotidiano y porque soy muy fans de Belén Esteban y el fútbol de los domingos.
“El conocimiento de sentido común de los hechos de la vida social, para los miembros de una sociedad, es el conocimiento institucionalizado del mundo real” (Garfinkel, 1968: 66).
“Las racionalidades científicas pueden ser empleadas sólo como ideales no efectivos en las acciones gobernadas por las presuposiciones de la vida cotidiana. Las racionalidades científicas no constituyen ni características estables ni ideales sancionables de las rutinas diarias, y cualquier intento por estabilizar estas propiedades o por forzar cierta conformidad a ellas en la conducta de los asuntos cotidianos, puede magnificar el carácter sin sentido del ambiente que rodea la conducta de la persona y la multiplicar las características desorganizadas del sistema de interacción” (Garfinkel, 1968: 318).
“Por el conocimiento de la vida ordinaria, ma-to” (Enjuegarte, 2014: 1).
Envía tu pregunta (con respuesta correcta) dejando un comentario o háznosla llegar a este correo: enjuegarte@gmail.com
Aquí os dejamos nuestra colaboración con el proyecto Dónde estabas en 1975. Aún tenemos pendiente contaros qué es eso de Cuidados Extensivos y en qué consiste nuestro proyecto, pero… Podríamos decir eso de que «vamos despacio porque vamos lejos», aunque más bien es «vamos al ritmo que podemos porque estamos hasta arriba» Eso sí, pasión y ganas no nos faltan.
No os perdáis «La compasión infinita«, texto que presenta nuestro post y el artículo de MIranda y Abril de 1977 con el que dialogamos.
Y gracias a María Jesús Miranda y Elena Herrera por la invitación a conversar. ¡Seguimos!
Grupo de Trabajo Cuidados Extensivos
Elena Casado Aparicio, María Eugenia Casado García
Carlos López Carrasco, Lorena Ruiz Marcos,
Pilar Toribio Guijarro , Ana Vicente Olmo
A finales de los años setenta del siglo pasado, las mujeres médicas en España eran pocas y estaban discriminadas, como señala el subtítulo del artículo publicado en Dosel Ciudadano en 1977. Casi cuarenta años después la referencia a la feminización de la sanidad se ha convertido en un lugar común no exento de controversias.
¿Feminización? ¿Qué feminización?
Si en 1977 solo un 6,8% de los médicos colegiados eran mujeres, en 2012 representan el 46,9% (INE, 2012). El salto desde luego es importante pero, a poco que echemos la cuenta, eso significa que el 53,1% son varones. De modo que la feminización de la profesión médica más que una realidad es una tendencia. Una tendencia sostenida…
Nos iniciamos en esto del reblogueo, que a una retuitera como yo le parece de lo más oportuno, con este post de Tristan Bridges porque compartimos su entusiasmo por Goffman como referencia para estudiar las relaciones y coreografías de género, y nos parece injustificado su olvido o que cuando, como hacemos en nuestras publicaciones y ponencias, miramos lo que estudiamos, como los usos del móvil en las relaciones de apreja, con lentes goffmanianas, aún nos encontramos con incomprensión y sorpresa.
When sociologists discuss performance theories of gender, we usually go back to Candace West and Don Zimmerman’s (1987) famous article “Doing Gender.” Some of us date this trend to Judith Butler, but few people bother to discuss some of the scholarship that predates this. West and Zimmerman relied almost exclusively on Harold Garfinkel’s* analysis of Agnes (a transgendered women who he met with as a part of a UCLA study dealing with “deviant” gender identities) to support their conceptualization.
Beyond the use of data, West and Zimmerman’s article was written in conversation with Erving Goffman’s theory of gender, or of “gender display” as Goffman wrote about it. Goffman wrote two pieces exclusively about gender. The first was originally published in Studies in the Anthropology of Visual Communication (1976) and later published as a book–Gender Advertisements (1979)–which included the essay along with a host of advertisements…
La semana pasada las sociólogas ordinarias estuvimos de turné contando qué es lo que hacemos. Esta servidora (es un decir) estuvo en Bilbo invitada por Bulegoa b/z, una oficina de arte y conocimiento con la que colaboro ubicada en una antigua peluquería. Las actividades, una sesión de su taller de lectura y una conferencia, se enmarcaban en su programa El Contrato en colaboración con La Alhóndiga. El taller, cuya estructura puedes consultar aquí, giró en torno al texto «La cultura es algo ordinario«, publicado por Raymond Williams en 1958. En la conferencia, titulada «El poderío de lo ordinario», me lo pasé pipa; no daba crédito ni al número de gente (se llenó la sala), ni a la diversidad, ni a las ganas de seguir conversando. A la espera de intentar hacerme con la grabación en vídeo os dejo la presentación que utilicé y la crónica de Julen Iturbe-Ormaetx.
Todo esto pasaba el lunes y el martes. El miércoles 29, con el estómago lleno tras un desayuno de esos «de hotel» y mientras me preparaba para volver, Amparo se me aparecía en la pantalla de la tele en La aventura del saber hablando de tecnologías y relaciones sociales. Ella insiste en que le cogieron su perfil malo y que parece Rossy de Palma tras una noche regulera. Aún así, ahí queda. Y ojo al programa completo, pues también por ahí hay amistades y conexiones 😉
Tras un semestre de vértigo el martes 21 de enero, en la última sesión de la asignatura Identidad, Cultura y Comunicación del Máster en Análisis Sociocultural del Conocimiento y la Comunicación (UCM), contamos con Roberto González, Andrés Jaque e Iván López Munuera. Con ellos hablamos de territorios ordinarios, de políticas de andar por casa, de redes y Grindr, de Berlusconi y Milano-2 y de las dos Hannahs (Montana y Arendt). Todo ello nos dio pie para empezar a diseñar el próximo Encuentro de Sociología Ordinaria en primavera. Pero eso ya os lo iremos contando. De momento, y para abrir boca, aquí os dejamos la grabación casera de sus intervenciones.
Roberto González, «El urbanismo de los desconocidos íntimos»
Andrés Jaque, «El urbanismo de Berlusconi»
Iván López Munuera, «Las dos Hannahs (Montana y Arendt). Twerking entre el pasado y el futuro»
In the last decades the public/private divide is being deeply rearticulated, for instance by the emergence of forms of public intimacy challenging the taken for granted identification between privacy and intimacy. Transformations in gender relations and the widespread uses of new technologies of communication and information are two important agents in this process. These relations can be thought as choreographies, in which women, men and digital devices play a dance where their positions and gestures depend on the positions and gestures of the other players, where contemporary digital devices and application remediate heterosexual couple relations and the production of couple intimacy is the result of the shared agency between people and devices enacted in everyday life digital practices.
The pair inhibition/exhibition in relation to gendered expression of conflicts, disquiet, vulnerabilities and empowerment provides a good way to analyse the re-articulation of intimacy. We discuss two examples of emergent forms of inhibition and exhibition. First, drawing on a three years research in Madrid about heterosexual couples and mobile communication, we see how mobile phones are a player in the game of designing and defending territories. Such as men’s inhibition from the domestic realm and from the accessibility and availability obligations an expectations set around mobile phone use; or women’s inhibition from “annoying” their male partners with their calls and messages.
«I think it is due to insecurity, maybe by thinking that it is my fault, that he can become bored of me, that he can feel annoyed, that I can disturb him» (31-year-old woman)
«He really bothers if I am not available […]. But in his day by day work he only phones me for children arrangements: ‘Listen, I can not arrive on time to pick them up at their music class, so go yourself’.» (40-year-old woman)
«When he is there, I try not to use the phone. And if somebody phones me I say ‘I will phone you back tomorrow’.» (24-year-old woman)
These forms of inhibition go with certains forms of exhibition. For instance, mobile calls and messages are a way of displaying love and attachment, thus a mutual display of ties, obligations and dependencies, and for other people witnessing these interactions as well.
«It is a sacrifice he does […] I am infinitely grateful to him […]. I am the kind of person who needs to be told constantly what is felt for me. It’s a condition, you know, quotations marks, that I pose and he perfectly accepts and satisfies it. And I love it, because he does it. […] It makes me feel more happy and supportive. And thus I think we get a harmonious relationship» (31-year-old woman)
These different modes of gendered inhibition/exhibition in the everyday management of intimate bonds and territories of the self shape the location of couple intimacy, whilst ordinarily reconstituting gender hierarchical differentiation. These gendered ways, in conjunction with mobile telephony affordances and constraints, are producing the contextual norms and expectations which set the condition for privacy, or the lack of it, within current couple intimacies.
In this play gender coreographies are not symetrical; women appear to be (and perform) more explicitly and tightly subjected to gendered norms, particularly related to the the dynamics of inhibition/exhibition, as it is expressed in the myth of «feminine discretion». But both women and men have to deal with that tension, although from different positions and attitudes, as it becomes clear in the second example: the making, display and sharing of self-portraits, commonly known as selfies, of nudity and self-pornification, for instance in mobile and online seduction play, or in blogs such as vaginasofthe-world.tumblr.com. Such practices reveal a complex gaze game, where one is at the same time the photographer, the model and the audience. These practices provide pleasures, reconciliation with one’s body, as well as an empowering exhibitionism, but they can be disquieting as well, specially for heterosexual men, as this exhibitionism implies a displacement of traditional male identifications, positions and practices. These forms od self-disclosure and exhibition raise conflicting views about what is considered to be suitable, as in the example of public campaigns in different countries warning against these practices, addressed to young people, especially women, in order to counter these trends and to put embarrassment and inhibition back in the picture, using fear and highlighting potential risks and threads. These campaigns shame women who upload or send selfies but not those who misuse these images, in a kind of re-mediation of old practices of «slut shaming».
In the rituality of everyday ordinary encounters and digitally mediated forms of communication, gender relationships emerge as a particular choreography, a performance in which one’s position, subjectivity and movements are arranged regarding the position and movements of one’s partner while simultaneously other orders and hierarchies are performed and re-enacted as well fixing, sustaining and challenging the boundaries of the (gendered) territories of the self.
Next week we will present a paper at the conference Poeticizing the Urban Apparatus: Scenes of Innovation, exploring the role of the shared agency between people and digital technologies in the shaping of contemporary urban public spaces, through the description and analysis of two emerging digitally mediated music practices: playing music aloud on cell-phones and videoed choreographies performed in urban public spaces.
This ethnography addresses modes of engaging the city through listening. Besides it entails listening to how people listen to music and sounds, to how they listen to other people’s listening, and to how these different sounds and ways of listening contribute to the configuration of spaces. Public spaces that are sound spaces as well. Listening is an embodied activity, therefore listening to ways of listening entails paying attention to enactments as gestures, movements, resonances and situations. Not only listening to those who are playing music or dancing, but trying as well to listen and see how they are listening as well, and how the sound space, the listening situation, is produced. Any musical activity is a sort of listening, listening is always an enactment of the heard. Sometimes we can grasp this enactment in forms of performance-listening, as in the dance, other times this is an invisble enactment, but hearing and listening are always part of the sound creation, in this particular case, are part as well of the making of a sound space, which is also an urban public space.
The first practice studied is a particular use of cell-phones as portable sound technologies consisting in playing tunes loud, when being on our own or with other people, using public transport, strolling in a Mall, walking on the streets, or sitting in a park or a square. This is an example of ambient intimacy as personal comfort provided by the phone when being in the move; of the multi-sensuous relationship between people and devices, and of personalization as a form of mutual stylization. These aspects are also characteristic of music listening and consumption, converging in this particular practice of lo-fi music listening. This form of mobile listening, which is part of a long history of how sound fidelity is sacrificed to portability, has been described as “sodecasting”. As it is far from being welcomed by everyone, often found very annoying. It involves some defiance in public interaction and territoriality tactics, which elicits controversies and generates online and offline debate. The conflicts between this practice of music listening and the unwritten norms (and sometimes written too) of public behaviors has given rise to several initiatives: Facebook groups in different languages, claims to local authorities asking for the ban of this cell phone use in public transports, as it happened in London in 2006, online calls for the organization of collective complaints to the public transport companies in Madrid, creation of collectives such as the Spanish MEMPEC, public transports campaigns advising users not to play music loud, etc. It is interesting to note that in these debates people consider disturbing not only being forced to listen to loud music but also the bad quality of the sound, the music style and the attitude of the mobile owners. Judging by most of the opinions and accounts found in the Web this practice is generally perceived as typical of the “other”, “this is not my music”. However online presence of these controversies seem to be fading away as this practice seems to be less frequent in public transports, whilst it remains very present in parks, squares and streets.
The second case of our paper is the videoed performances, as flash-mobs or lip-dubs, composing an emerging global genre of amateur videos, produced by different collective initiatives (fan tributes, protests, family rituals, military rituals, etc.), where several people gather in a public place to dance a choreography, sing and sometimes play music instruments as well. These are multimedia collaborations articulating online and offline contacts and activities. Usually the calls to participate are made through social media, as the exchange of information and in some case online tutorials as well, this is, short video clips where some of the participants show how to perform the choreography. In some cases the participants gather for rehearsal before the final performance, which will be filmed, uploaded, posted, shared, viewed, heard and commented online. These public performances mobilize participants’ different abilities and skills. They reveal potentialities of spaces: new meanings, possibilities and uses, beyond current uses and norms, as in the example of the lip-dub choreography of the Lady Gaga’s song “Alejandro” performed in the Plaza de Oriente in Madrid, a place used to host a very different kind of performances: religious, political and institutional.
The innovative character of these uses of public urban spaces is revealed, for instance, by the puzzlement of local officials when people organizing a fan tribute flash mob to get Lady Gaga’s attention in Madrid in 2010 tried to get information about the need of public permissions.
Bodies and their display are central in these performances that shape urban public spaces as networked spaces as well, which become spaces of empowering exhibitionism. This is, forms of visibility and presence that produce empowerment. Koskela describes it for people, especially women, displaying their everyday life through their Webcams. Against the view that the power is in the eye of the observer, empowerment is experienced by those who catch the attention of others and free themselves of the self-constraint linked to embarrassment. The public display of the music we like coming out the loudspeakers of our cell-phones, which can act as a form of personalization and stylization increasing our sonic presence, can be understood as well as a form of this kind of exhibition.
Both practices can be considered examples of what French musicologist Peter Szendy calls sharing and signing a listening, the possibility of “signing” our listening that stands on the ability to identify and sign a sound event that can be shared. For instance, any interpretation of a musical piece is a signed listening. Szendy points out that musical reception technologies –phonograph, recording and digitalization- have facilitated this possibility of signing and sharing what we have listened to. In our examples dancing is considered a way of listening where the whole body takes part responding to the vibratory nature of sound. This full body listening contributes in this case to shape urban spaces, when through the dance unexplored potentialities are found and shared online afterwards, creating the opportunity for new listening and resonances. In these cases signing a listening can be a way of signing a space as well, of marking, fleetingly, a territory within the city.
In both cases, we can find different types and degrees of listening attention that can elicit forms of dancing, singing, humming. Those who carry the phones and make the choice of playing music move through different levels of attention to the music, and people in the surroundings as well: friends, fellow commuters, other pedestrians. These practices bring forth the heterogeneity of positions, views, ways of listening and moods perceived. In the case of the videoed performances, there are a multiplicity of online and offline listening situations: previous listening of the rehearsals and the tutorials, participantd and bystanders during the public performace, and further viewing and listening by Internet users afforded by the online display of the recordings.
Loud cell-phones produce particular forms of music listening that can be considered a contemporary digital version of Eric Satie’s notion of “furniture music”, as music that creates a background for other activities, instead of being the focus of attention. Different tunes can become furniture music when they are part of particular listening settings. In this case these music practices provided musical furniture for public places and activities and contribute to create the mood, the atmosphere of a particular place, during a particular time. So these practices reveal a particular form of ambient music, not because the sounds and musical parameters of the tunes coming out of cell phones loudspeakers correspond to the kind of music labeled like this by Eric Satie or Brian Eno, but because of the kind of listening enacted and the ability to accommodate different levels of listening attention.
This music practice can be considered then a kind of disruptive ambient music, susceptible of eliciting controversies and territorial conflicts around what is a suitable and expected public behavior, revealing the inherent contentious politics of the urban public spaces, made of plural and divergent concerns, tastes and sensitivities. Digital inscriptions help to visibilize the existing conflictive dynamics deriving from the heterogeneity of uses, practices, tastes and views that have to accommodate and dwell the public producing different ways of spacing. These complex and controversial public performances, articulate public and private beyond well-known modes of mobile privatization. Private forms of music listening reinforce your invisibility and modulate your presence by giving you a private structure of time to set against public time, on your own, inconspicuous, with music that no one else can hear, either at home or through the earplugs of mp3 players. As Evan Eisenberg points out recorded music can fulfill a role of interior design of time, as it takes the listeners to another time and to another rhythms, those of the music and the recording. Therefore music listening can be a way of paving the day with sculpted blocks of time. The metaphor of interior design refers to mixing art with profane things and making it answer to daily life needs, as the banality of furniture music that provides a rhythmic accompaniment to the arrhythmia of everyday chores.
But listening to music aloud as in the boom boxes of the past or with the cell-phone loudspeakers today modulate your presence in a different way, increasing your visibility, or better said with a term related not to the eye and the view, but to the hearing: your sonic presence. Music listening, from boxes, walkmans or mobile phones allow people to enjoy themselves and focus on the music instead of fulfilling social conventions or worrying about their performance of acting like and among strangers. Though when the music is loud, it is not always that easy not to worry about one’s public performance.
These playful digitally mediated practices and the mixed feelings elicited, online and offline, contribute to shape the public and the urban highlighting the networked character of contemporary urban localities and the shared agency with mobile devices regarding:
How public presence is modulated, how our sonic presence can be augmented
The expectations about what can happen when we are in a public place, and what is appropriated.
The strategies to create and sustain personal and shared territories of a certain security and comfort. This is personal but not private: encounters, occasions to share, to sing and dance.
Ephemeral sound spaces are configured within the city through shared listening, signed by the different public performances of those involved. They mobilize several mediations (digital devices, social networks and sharing sites, choreographies, etc.) and remediations, not only of different media but of meanings and practices as well. Engaging the city as forms of acting/behaving in public, using public spaces, making public and making oneself public.
Las peluquerías de barrio, en hora punta y en temporada de bodas son un espectáculo arquitectónico grandioso. Para mí probablemente no haya un lugar tan fascinante como un “salón de belleza” para señoras. En ellos se pone en escena una impresionante combinación de luces, espejos, fotografías de peinados, secadores, papelillos de plata, revistas del corazón, colorantes, olores, humos, bacinillas, sillones, rulos de colores, gorros de plástico, carritos de herramientas extrañas, mandiles, capas protectoras, conversaciones a gritos para hacerse oír por encima de los secadores, tijeras, cuchillas, etc. No en vano Mario Bellatín, en uno de sus libros más conmovedores, convirtió uno de estos salones en un lugar de santidad.
Gorro térmico
Las pelus son auténticos arsenales de inspiración en los que se hace visible la asociación de vida cotidiana y alta tecnología que se manifiesta tanto en dispositivos sci-fi como los cascos de secado y los gorros térmicos, las butacas o los tocadores, como en la enorme variedad de productos químicos que desprenden olores de amplio espectro; desde la sosa cáustica para el alisado japonés (que huele a rayos) hasta fragancias mareantes de pachuli y de vainilla. En esta sofisticada representación el capítulo correspondiente al empleo del color en sus escenarios no es menos importante que el de las tecnologías, la música de fondo o los cosméticos.
Hasta aquí, todo sería estupendo, pero lo que pasa casi siempre es que los diseñadores de peluquerías se pasan por el forro cualquier ortodoxia respecto al color; ni el psicologismo de Rudolf Arnheim, ni el socialismo de Bruno Taut, ni el espiritualismo de Joseph Albers y Kandinsky, ni nadie: el color de las paredes de las peluquerías no encaja en ninguna teoría, y por lo general los revestimientos cromáticos de los salones de belleza son obstinadamente desobedientes a las propuestas “cultas” de las tendencias y teorías arquitectónicas. Probablemente por eso las peluquerías, a menudo depositarias del estigma de lo que podría llamarse “mal gusto de interiorista”, han sido muy poco apreciadas por los arquitectos “serios”, que han ignorado de este modo el enorme valor escenográfico (como ya han sabido ver los autores de teatro) y la prodigiosa cotidianidad arquitectónica que a mi juicio despliegan muchas de ellas. Los efectos fisiológicos de la luz, la psicología del color, los estudios de la percepción, los sistemas de clasificación o las más o menos exóticas “terapias” y feng-shuis, dan cuenta de la ingente producción teórica que ocupa el asunto cromático. Y es que obviamente el empleo del color tiene también sus formas de autoridad científica bien arraigadas.
No es que yo quiera poner en duda la valía de las investigaciones ni la importancia del color en cada uno de los ámbitos de la ciencia, del arte o de la cultura en general que han ofrecido sus aportaciones a la práctica arquitectónica (menos aún ahora que se nos viene encima una ley de servicios profesionales seguramente catastrófica para la arquitectura), pero aunque no se trate aquí de discutir la importancia de la manualística especializada sobre el color en arquitectura -que digo yo que debe de ser tan extensa y variada como la propia historia de la disciplina- sí que podemos hacernos algunas preguntas acerca del tipo de representaciones y formas de autoridad que se establecen en torno al uso expertizado de los catálogos y rampas de color legitimadas por los consensos disciplinares. Probablemente, como a menudo pasa en los contextos especializados, tanta solvencia técnica y tanta autoridad científica enmascara otras cuestiones que no son insignificantes.
Peluquería Oh My Cut (Murcia)
Sin duda el color en arquitectura es un temazo. De entre los tratados y manuales del color en arquitectura que yo conozco el más pureta para mi gusto es el de Bruno Taut, por otro lado un arquitecto fascinante y una de las grandes figuras del Deutscher Werkbund, políticamente comprometido con la educación del pueblo (o de las masas, ya estamos tocando las bolas con la masa) a través del arte y la arquitectura. El bueno de Bruno escribió varios libros en los que ofrecen una serie de principios pedagógicos para enseñar (dice él) a la gente a vivir mejor (uno de ellos incluso dedicado a “las mujeres” así, en general, para ayudarles a gestionar mejor el hogar O_o). Una vocación de servicio social por otro lado compartida por muchos arquitectos de la modernidad y no exenta, en el caso de Taut, de cierto espiritualismo: “El color es la puerta del alma”, dice poniéndose trascendental, que es cuando a mí me dan picores. De cualquier modo, al menos en el caso de Bruno Taut el color tiene también una función social. A lo mejor va a ser de ahí de donde nos viene a nosotros, los arquitectos de la posthistoria, la extravagancia de notificarle a todo el mundo de qué color tiene que pintar su casa, por dentro y por fuera. En realidad, a mi me parece que igual que sucede con la tipografía (en el caso, por ejemplo, de la vilipendiada Comic Sans, protagonista de un post reciente en este blog), lo que ocurre es que determinados catálogos de color impulsan formas de hegemonía cultural que ejercen sobre los profanos (sobre las masas, y dale) aquellos elegidos que poseen el conocimiento especializado de las cartas cromáticas convenidas a través de un dispositivo de enorme poder de diferenciación social como es el “buen gusto”, lo reconocible por ciertas pertenencias de clase o por ciertas aristocracias. Es decir, que el color también contribuye a la fabricación de prestigio, a la representación de ciertos rituales de pertenencia, y a la estratificación de la sociedad.
En algunas cartas de color molonas están representadas también muchas presunciones que refuerzan la hegemonía del buen gusto, de lo adecuado, lo aristocrático… que lastra la arquitectura como tecnología relacional. Porque el empleo “culto” del color favorece la visión de los edificios como admirables entidades ontológicamente autónomas y desconectadas de las prácticas a las que dan soporte. A ver: ¿Por qué va a ser forzosamente feo el color de las peluquerías? ¿Qué significan las epidemias de colores por temporada? ¿Por qué los arquitectos “elegantes” no usan casi el color en sus obras? ¿Por qué se visten tan de color “pardo” muchos arquitectos? En definitiva: ¿Es garrulo el color? ¿Es posible decir que unos colores son más horteras que otros?
Peluquería Libra (Murcia)
Lo que se presenta pues con el color peluqueril es una amenaza: ¿Qué sería de nosotros los arquitectos si no nos dejaran ni siquiera elegirles los colores a la gente? Yo por si acaso me voy ahora mismo de peluquerías a hacer un plano de la ruta por los salones de la mecha de mi barrio, con mi carta NTCS, mi ColorPicker y el AroundMe instalados en el iPhone a hacer un rastreo situacionista y catalogar los colores predominantes en las peluquerías que tengo más cerca. El epicentro de la deriva será mi casa, más que nada para no tener que desplazarme mucho, que en Murcia han dejado abierta la puerta del infierno y hace demasiado calor para trabajos de campo serios. Ya os contaré lo que aprendo.
Murcia, Junio de 2013
Miguel Mesa del Castillo Clavel(@filoatlas), además de extra-ordinario, es arquitecto. Tras su periplo italiano reside en Murcia y es docente de Proyectos Arquitectónicos en la Universidad de Alicante. En diciembre de 2012 se doctoró con la tesis Víctimas de un mapa. Arquitectura y resistencia en el tiempo de la cultura flexible. No te pierdas su su tumblr. Y si te quedas con ganas de más, puedes ver su intervención en el Encuentro de Sociología Ordinaria y en el Parlamento de Hänsel y Gretel.
Como todo friki que se precie me crié jugando a Dragones y Mazmorras (Dungeons & Dragons), y quien dice crié se refiere a que lo sigue haciendo con cierta periodicidad. Y puestos a confesar, he de decir un par de cosas: 1º llevaba una tiempo dando vueltas a este post (que me toca en lo personal) y no había encontrado el momento oportuno de publicarlo y 2º pertenezco a una asociación friki conocida como el señor de los dadillos (lamento la publicidad, pero ya sabéis como se las gasta esta gente). Pues bien, para evitarme tiradas de salvación de última hora, he aquí el tema de hoy. Princesas que matan dragones, eso sí, figuradamente, que las protectoras de animales son omniscientes cual SGAE (P.D. lamento no poder linkar su web, Linux y la voz genera infartos de Avast me lo impiden).
¿Y qué es esto de una princesa mata-dragones? Pues precisamente de esto va el vídeo que os hemos colgado, de las representaciones de la feminidad y los roles asociados a género en los videojuegos. Y yo, que soy mucho de mezclar pasiones, he optado por una mélange de frikis, princesas, videojuegos y animales mitológicos irritables.
Curiosamente, frente a lo que piensan algunos, sí, existen mujeres que empuñan hachas bastardas y cortan cabezas de dracónidos, y a veces hasta presiden asociaciones de gordos granudos con déficit de sociabilidad!!! (como en nuestro caso; y ya aprovecho y saludo a la presidenta). Y aunque toda esta ironía pueda parecer muy obvia para algunos, nunca está de más introducir algunos datos de interés. En cuanto a los videojuegos, las mujeres representan hoy en día más de un 42% del total de videojugadores (ADESE), y creciendo; y ya suponen el segmento mayoritario en algunos géneros como el de los social games.
Más allá de esto, en el vídeo podemos encontrar anécdotas muy ilustrativas acerca de la reproducción de estereotipos y la representación de las mujeres como frágiles e inocentes «damiselas en apuros» (véase princesa Peach, de Mario Bros). Especialmente de interés resulta la figura de Crystal, de Star Fox: Dinosaur Planet. En un inicio, Crystal, se trataría de una heroína (personaje principal) fuerte, capaz, resolutiva y aventurera (esto es, una mata-dragones en toda regla) que debería enfrentarse a bestias, monstruos y demás fauna aguerrida. Sin embargo, a última hora (a cuenta del presi de Nintendo, Miyamoto) se decidió rediseñar el proyecto y sexualizar a la susodicha, convirtiéndola en una damisela en apuros que solo podría ser salvada por «nuevo» y célebre héroe de la saga, Fox McCloud.
Pues eso, que como en el caso de Pauline y la «hackeada» Peach, la presidenta y mis correlegionarias del señor de los dadillos o todas las damiselas del mundo que deciden resolverse los apuros ellas solitas o salvar al príncipe, muchas princesas matan dragones si les da la gana (ah, y sin despeinarse). El arma que utilicen ya es otra cuestión…
“La principal novedad de la ley del Partido Popular”, presume ufano Ruiz Gallardón, es que “no habrá reproche penal para la mujer que aborte porque nosotros la consideramos víctima y no culpable”. Lo dice así y se queda tan ancho. Como si fuera una buena noticia que un ministro de justicia, dechado de modernidad, ilustración e igualitarismo, se cargue de un plumazo la capacidad de agencia de las mujeres ninguneándonos como sujeto de decisión, dicción y acción. Aunque, se ponga como se ponga, las mujeres decidimos no es solo un eslogan. Es una realidad. Y si no se quiere ver ni aceptar y se pretende imponer la maternidad por la fuerza que no se anden por las ramas y lo digan con un par. Pero de víctimas nada, monada.
¿Víctimas de qué? ¿De nuestra mala cabeza? ¿Del bandido que nos sedujo? ¿De la falta de valores? ¿Del demonio? Gallardón no lo aclara, nadie se lo pregunta y ahí queda. Somos víctimas y punto. Y cuela porque hace pie en el éxito acrítico de la machacona metáfora “abortar es un drama”, que se beneficia a su vez en una potente imaginería visual que hace emerger al feto como sujeto de derechos y reduce a su portadora a silente receptáculo amniótico sometido a supervisión ajena. Algo de esto cuenta aquí Haraway como ejemplo de que toda representación es ontopolítica, esto es, define qué son las cosas y quien puede hablar por ellas.
Porque ¿desde qué perspectiva es el aborto un drama? Lo es desde su trascendencia, definida en contraposición a “la vida”, con su determinante determinado, su singular absoluto y sin adjetivos que la califiquen ni complementos que la especifiquen y contextualicen. Y lo es desde el ordenamiento de la diferenciación sexual, pues la mujer, homogénea y abstracta en su pálida y abnegada mistificación, es naturalmente maternal. Quizá por eso quien interrumpe un embarazo no suele ir contándolo, pues no es cómodo contravenir tanto imperativo cultural como delatan los efectos que provocan memes como los de @MemesFemnistas
Pero ¿y si lo hiciéramos? ¿Y si, retomando el elefante de Lakoff, rompiéramos el marco del drama y empezáramos a hablar de lo ordinario? Quizá entonces quedaran al descubierto las tram(p)as de la representación experta; una ventriloquia cuya legitimidad se sustenta en la máxima distancia científica y, por eso mismo, se revela absolutamente ignorante con respecto a la cotidianidad que pretende gobernar a golpes de conceptos desencarnados y descontextualizados. Porque abortar no tiene por qué ser un drama (a no ser que lo dramático sean las condiciones en las que se toma la decisión o en las que se lleva a término), pero quedarse embarazada cuando no se quiere o no se puede es una putada, como sabe cualquiera con los pies en la tierra allende los despachos, sobre todo nosotras, pues como diría mi abuelo y seguiría teniendo gran parte de razón, “eso son cosas de mujeres”. La metáfora del aborto como drama me posiciona como víctima y como portadora silente de otra víctima; la del embarazo no deseado como putada me permite existir e intervenir sobre mi destino, lo que requiere tomar decisiones y movilizar con prontitud las relaciones y recursos necesarios para actuar de una forma u otra. Vamos, lo que viene siendo ser sujeto, ni más ni menos y no víctima abnegada por definición o, lo que es lo mismo, por heterodesignación autoritaria.
El aborto no es drama pero a costa de tanta dramatización, esto es, tanta trascendencia y tanta performance política, puede llegar a serlo. Porque la victimización de las mujeres de la que se enorgullece Gallardón va de la mano de la culpabilización, criminalización y persecución al personal sanitario al que pretende obligar a dar la espalda a los criterios de la OMS. Y amedrentar a profesionales y clínicasafecta gravemente a la salud sexual y reproductiva de las mujeres. Pues a pesar de todo quien desee interrumpir un embarazo que no desea o simplemente no puede asumir en ese momento lo hará. Le costará más caro, será más difícil, tendrá menos garantías, pasará más miedo o tendrá que irse más lejos. En todos y cada uno de los casos irá en perjuicio de su salud, de su bienestar y de su reconocimiento como sujeto. Las consecuencias más crueles las estamos viendo hoy mismo en El Salvador. Tras la crueldad del caso de Beatriz, que el fundamentalismo católico justifica sin rubor, hay invisibles miles de pequeñas historias. Y aquí puede haberlas. Ya las hubo. Pero también tenemos toda una historia de resistencia de la que quizá vendría bien irnos reapropiando.
PD. No he hecho ni una referencia a los casos de malformaciones fetales tan del gusto quienes gustan especular y se gustan al hacerlo. Porque, llámame rara, pero puestos a generalizar parece más adecuado hacerlo a partir de más del 90% de los casos y no de un 3% cuya interesada utilización resulta grosera cuando al mismo tiempo se restringen y recortan derechos a quienes viven y conviven con sus consecuencias cotidianamente.