¿Víctima yo? ¿de qué? (léase ordinaria): abortar no es un drama pero puede llegar a serlo

La principal novedad de la ley del Partido Popular”, presume ufano Ruiz Gallardón, es que “no habrá reproche penal para la mujer que aborte porque nosotros la consideramos víctima y no culpable”. Lo dice así y se queda tan ancho. Como si fuera una buena noticia que un ministro de justicia, dechado de modernidad, ilustración e igualitarismo, se cargue de un plumazo la capacidad de agencia de las mujeres ninguneándonos como sujeto de decisión, dicción y acción. Aunque, se ponga como se ponga, las mujeres decidimos no es solo un eslogan. Es una realidad. Y si no se quiere ver ni aceptar y se pretende imponer la maternidad por la fuerza que no se anden por las ramas y lo digan con un par. Pero de víctimas nada, monada.

¿Víctimas de qué? ¿De nuestra mala cabeza? ¿Del bandido que nos sedujo? ¿De la falta de valores? ¿Del demonio? Gallardón no lo aclara, nadie se lo pregunta y ahí queda. Somos víctimas y punto. Y cuela porque hace pie en el éxito acrítico de la machacona metáfora “abortar es un drama”, que se beneficia a su vez en una potente imaginería visual que hace emerger al feto como sujeto de derechos y reduce a su portadora a silente receptáculo amniótico sometido a supervisión ajena. Algo de esto cuenta aquí  Haraway como ejemplo de que toda representación es ontopolítica, esto es, define qué son las cosas y quien puede hablar por ellas.

Porque ¿desde qué perspectiva es el aborto un drama? Lo es desde su trascendencia, definida en contraposición a “la vida”, con su determinante determinado, su singular absoluto y sin adjetivos que la califiquen ni complementos que la especifiquen y contextualicen. Y lo es desde el ordenamiento de la diferenciación sexual, pues la mujer, homogénea y abstracta en su pálida y abnegada mistificación, es naturalmente maternal. Quizá por eso quien interrumpe un embarazo no suele ir contándolo, pues no es cómodo contravenir tanto imperativo cultural como delatan los efectos que provocan memes como los de @MemesFemnistas

Pero ¿y si lo hiciéramos? ¿Y si, retomando el elefante de Lakoff, rompiéramos el marco del drama y empezáramos a hablar de lo ordinario? Quizá entonces quedaran al descubierto las tram(p)as de la representación experta; una ventriloquia cuya legitimidad se sustenta en la máxima distancia científica y, por eso mismo, se revela absolutamente ignorante con respecto a la cotidianidad que pretende gobernar a golpes de conceptos desencarnados y descontextualizados. Porque abortar no tiene por qué ser un drama (a no ser que lo dramático sean las condiciones en las que se toma la decisión o en las que se lleva a término), pero quedarse embarazada cuando no se quiere o no se puede es una putada, como sabe cualquiera con los pies en la tierra allende los despachos, sobre todo nosotras, pues como diría mi abuelo y seguiría teniendo gran parte de razón, “eso son cosas de mujeres”. La metáfora del aborto como drama me posiciona como víctima y como portadora silente de otra víctima; la del embarazo no deseado como putada me permite existir e intervenir sobre mi destino, lo que requiere tomar decisiones y movilizar con prontitud las relaciones y recursos necesarios para actuar de una forma u otra. Vamos, lo que viene siendo ser sujeto, ni más ni menos y no víctima abnegada por definición o, lo que es lo mismo, por heterodesignación autoritaria.

El aborto no es drama pero a costa de tanta dramatización, esto es, tanta trascendencia   y tanta performance política,  puede llegar a serlo. Porque la victimización de las mujeres de la que se enorgullece Gallardón va de la mano de la culpabilización, criminalización y persecución al personal sanitario al que pretende obligar a dar la espalda a los criterios de la OMS. Y amedrentar a profesionales y clínicas afecta gravemente a la salud sexual y reproductiva de las mujeres. Pues a pesar de todo quien desee interrumpir un embarazo que no desea o simplemente no puede asumir en ese momento lo hará. Le costará más caro, será más difícil, tendrá menos garantías, pasará más miedo o tendrá que irse más lejos. En todos y cada uno de los casos irá en perjuicio de su salud, de su bienestar y de su reconocimiento como sujeto.  Las consecuencias más crueles las estamos viendo hoy mismo en El Salvador. Tras la crueldad del caso de Beatriz, que el fundamentalismo católico justifica sin rubor, hay invisibles miles de pequeñas historias. Y aquí puede haberlas. Ya las hubo. Pero también tenemos toda una historia de resistencia de la que quizá vendría bien irnos reapropiando. 

PD. No he hecho ni una referencia a los casos de malformaciones fetales tan del gusto quienes gustan especular y se gustan al hacerlo. Porque, llámame rara, pero puestos a generalizar parece más adecuado hacerlo a partir de más del 90% de los casos y no de  un 3% cuya interesada utilización resulta grosera cuando al mismo tiempo se restringen y recortan derechos a quienes viven y conviven con sus consecuencias cotidianamente.

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Acerca de elena casado

Socióloga ordinaria y profesora de Sociología (UCM) Más info en http://ucm.academia.edu/ECasadoAparicio @duendudando
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2 respuestas a ¿Víctima yo? ¿de qué? (léase ordinaria): abortar no es un drama pero puede llegar a serlo

  1. Pingback: Es necesario hablar de ello. | Seven of die

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