Salma Amazian y Aurora Álvarez Veinguer (UGr, Laboratorio de Estudios Interculturales)
Sesión: Imaginar en común
27/05/2026, 12.15-13.15
Resumen: Necesitamos de los otros de forma irremediable. Somos a través de su mirada y sus palabras, es en la interacción donde nos construimos y nos hacemos inteligibles. Un punto de partida para pensar en esto puede ser lo que desarrolla Javier Marías en su Sobre la dificultad de contar, donde narra cómo lo que uno “ve y vive es por definición fragmentario y sesgado, y la simple ordenación de los vocablos y frases que uno emplea en la relación de algo es ya una infidelidad a ese algo. Asistimos a los sucesos desde nuestra subjetividad irremediable y desde un solo punto de vista.” (Marías, 2008). Y, como se propone desde nuestra perspectiva, el otro es fundamental para poder dar cuenta de uno mismo, puesto que el saber de nuestra propia vida entraña una gran dificultad, esta nos es revelada de manera fragmentaria, “envuelta en niebla”, por lo que en la tarea de relatar nuestra historia se depende en gran medida de informaciones ajenas. Por eso, al intentar conversar y contarnos a los otros nos encontramos con enormes zonas de sombra, tanto por la dificultad que entraña la memoria como porque muchas de nuestras resoluciones y acciones no se condicionan únicamente por nuestra voluntad o conocimiento, puesto que en nuestras decisiones y acciones intervienen los otros en numerosas ocasiones.
Asimismo, al contar nuestra historia, esta nunca tiene un broche final, nunca está acabada, sino que queda abierta a la reelaboración, a la narración desde nuevos puntos de vista que otorga el paso del tiempo, puesto que no hay una “versión definitiva” de lo acontecido, sino que, al igual que le sucede al historiador, hay un carácter provisional en lo contado. En este sentido, Paul Ricoeur (2006) afirma que, aunque el yo pueda ser una ilusión, resulta una ilusión inevitable, a la que se da forma a partir de esa identidad narrativa, que siempre es hacia otro. El autor señala “el camino más corto de mí hacia mí pasa por el otro”, es decir, que en la comprensión del yo uno puede encerrarse en uno mismo, puesto que el otro no es externo a mi identidad sino parte de ella. Existe entonces una necesidad agónica de contar para y con los otros, y la palabra funciona como espacio de posibilidad, como herramienta para llegar a ese otro. En esta línea, para Carmen Martín Gaite (1973) tanto la escritura como la narración nacen como voluntad de romper con la soledad, como la voluntad de tender un puente hacia el otro, al toparse con la ausencia de un interlocutor adecuado.
De este modo, Adriana Cavarero(2024), al hablar del “yo narrable”, describe cómo existe en nosotros un deseo profundo de ser contados desde la voz ajena. Este deseo de narración puede manifestarse también mediante la autonarración o la ficción autobiográfica; sin embargo, como hemos argumentado, resulta falaz pensar que el yo es autosuficiente o completamente transparente para sí mismo. Se trata de una vieja ilusión que, según Cavarero, ya estaba presente en Rousseau. Con respecto a ese otro con el que me relaciono, Cavarero desplaza el énfasis de la pregunta del yo al tú, a partir de una corporalidad que es a la vez vocal y sexuada, en un plano material que rescata la inmanencia y posibilidades de acción vinculadas a lo femenino, en un espacio cotidiano e íntimo donde las relaciones de cuidado y amistad con otro u otra muestran la existencia de un espacio político en la esfera de lo privado. En este sentido, la cuestión de género resulta de gran importancia. Como señala Cavarero (ídem), las mujeres aparecen como narradoras especialmente privilegiadas, pero esta idea no responde a una supuesta esencia femenina, sino a una posición histórica y simbólica concreta desde la cual las mujeres han desarrollado formas específicas de narrar y de comprender la experiencia. Pues si bien el deseo de narrar la historia de la propia vida no depende del género, Cavarero sostiene que las mujeres no desean ni satisfacen ese deseo de narración del mismo modo que lo hacen los hombres. Como escribe: “women everywhere, and quite often, set themselves to telling their stories to one another, as though through each story there passed their own existence and personal identity” (Cavarero 2000, 56). En ese gesto autobiográfico, las mujeres intercambian existencia e identidad puesto que al contar su historia a otra, también dejan pasar por ella algo de su propia vida.
Para Cavarero, el deseo de narración se satisface plenamente cuando la historia de vida es narrada por otro que no está directamente involucrado en las experiencias relatadas. En ese sentido, subraya una característica, una cierta “ceguera” del narrador en primera persona. Sin embargo, pensamos que el deseo de narración no se satisface únicamente en esa distancia del narrador externo. Más bien puede surgir también del encuentro con el otro, en la reivindicación de la oralidad donde encontramos el diálogo y en la conversación. Es en ese intercambio, en ese acto de contarse mutuamente, donde el relato comienza a tomar forma y donde la identidad puede conformarse y, también, negociarse.
Prácticas situadas
Entonces, ¿qué sucede cuando conversamos? ¿Qué espacios tenemos para hacerlo? ¿Cómo hacer para no perderlos? Como forma de situar estos supuestos teóricos en la experiencia, queremos compartir una experiencia que llevamos a cabo: el diseño y realización de unos talleres de lectura para mujeres, como parte de uno de nuestros proyectos de TFM (una de nosotras fue participante en los talleres, mientras que otra fue la que planteaba este proyecto) . La investigación proponía que la lectura de novelas de autoficción escritas por mujeres y la conversación con otras lectoras tomando como punto de partida esas novelas genera en las mujeres procesos de reconfiguración del yo, ayuda a entender las experiencias propias y ajenas, articular nuestro pasado con nuestro presente y, por qué no, imaginar nuevos futuros posibles. Al apostar por una metodología participativa y dialógica como son los talleres, tomó centralidad el papel que tiene la conversación en estos procesos de (re)conocimiento y (auto)comprensión. Los talleres funcionaron como un espacio de construcción de redes y de experimentación sociológica a través de la lectura común y la conversación, y esta experiencia podría servir como inspiración para estrategias para afrontar los ataques a lo público, a la vida en común.
La elección del género de la autoficción escrita por mujeres no es casual, ni tiene únicamente que ver con esa tendencia a narrarse que comentamos antes. Se debe sobre todo a considerar este tipo de novela como una forma de arte con potencial crítico y emancipador, al politizar o colectivizar las experiencias personales y aparentemente individuales. A través de narraciones del yo, de ejercicios podríamos decir que autoetnográficos, estas novelas permiten desprivatizar la experiencia —sin dejar de mostrar la diversidad de sus formas—, desvelar la forma en que la subjetividad femenina se construye en relación con el mundo y, sobre todo, las estructuras sociales de poder. Podemos entenderlo como una suerte de saber situado, elaborado a través de las experiencias, el cuerpo y la subjetividad de las escritoras, que permite explorar cuestiones relacionadas con la subjetividad femenina y habilitar conversaciones que la problematicen. En estos escritos, se verbalizan malestares vinculados no solo al género, sino también a la clase u otras condiciones de subalternidad; y de esta manera escapan de la esfera privada o individual para pasar a habilitar y formar parte de un discurso colectivo. Teniendo en cuenta que a las mujeres se nos ha construido históricamente en términos de subalternidad y silenciamiento, la noción de reconocimiento se torna clave para hablar de identidades y subjetividades. Gayatri Chakravorty Spivak (2009) explica cómo las personas subalternas no tienen cabida en los discursos hegemónicos, no porque no tengan voz o conocimientos, sino porque el sistema no las reconoce como portadoras de saber valioso. Si una no es reconocida como sujeto de enunciación válido, lo que tenga que decir no será escuchado. ¿Y quiénes han sido históricamente esas subjetividades subalternas? Las mujeres, las personas racializadas, las pobres, las queer, las disidentes sexuales. ¿Cómo se pelea el reconocimiento, entonces, por estas personas o colectivos abyectos? Una de las maneras en las que encontramos reconocimiento es precisamente a través de la conversación, de contarnos, ser contadas o escuchar a otras contarse. En definitiva, posicionar nuestras voces en los discursos circulantes. Pero además de ser una forma de resistencia, la conversación es esencial para las subalternas como forma de cuidado, de acompañamiento, de colectivización del malestar, de escucha. En definitiva, como forma de crear comunidad, de hacer kin.
Nos gustaría compartir las enseñanzas que pudimos sacar de esa experiencia del taller, de las conversaciones que se dieron en este espacio y que permiten entender el taller como:
- Taller como salto de la esfera privada a la pública: El taller consigue que las experiencias personales se enmarquen en un entramado de sentidos compartidos. Al leer las experiencias personales de otras mujeres y compartir las suyas propias, estas se desindividualizan y se tornan más susceptibles de ser pensadas y entendidas de forma política, social, conjunta.
- Taller como lugar de imaginación política a través de la conversación: La discusión sobre las novelas leídas dio lugar a conversaciones de carácter sociopolítico, en las que se hablaba sobre el presente y el pasado, pero también versaban sobre futuros posibles. ¿De dónde venimos, hacia dónde vamos, hacia dónde queremos ir?
- Taller como espacio de afectos y acompañamiento: comunidad tejida a través de la conversación y la lectura común. No solo intercambiaban sus opiniones de las lecturas, sino que compartían sus experiencias y emociones, y abrían sus marcos de sentido.
- Taller como lugar de producción de (auto)conocimiento: se habilitaron conversaciones (auto)analíticas, sobre el yo y sobre el mundo, sobre el contenido de las novelas y sobre el contenido de la realidad social. Pero, además de la circulación de estos discursos, el espacio del taller permitió que se habilitasen nuevas formas de decirse y de entenderse. Las cuestiones en torno a la identidad pueden resultar muy abstractas y complejas, pero gracias a las lecturas y a compartir con otras, los sentidos complejos pueden volverse más comprensibles. La puesta en conversación del yo facilita la comprensión y visión de la identidad como lo haría Ricoeur (2006), no como algo cerrado, ya finalizado, sino como algo que está en constante realización, que es alterado por la mirada de la compañera, por una lectura, por una conversación.
- Taller como lugar de experimentación: el taller como un laboratorio en un doble sentido. Por un lado, experimentación académica. El taller como metodología de investigación social, en lugar de funcionar como una mera herramienta de extracción de datos u observación de la realidad, asume su papel activo en la construcción de sentido (este papel lo tienen todas las metodologías, pero no siempre se hace evidente). En este caso, investigar se convierte en una práctica de puesta en común, de co-construcción de universos de sentido; una forma no solo de extraer información y conocimiento, sino de producir conjuntamente ese conocimiento a través del diálogo y la interpretación. Por otro lado, una experimentación personal que pueden llevar a cabo las propias participantes, poniendo en tensión los textos leídos, y, con ello, sus propias experiencias en tanto que mujeres. Los talleres de lectura que hemos llevado a cabo permiten un cuestionamiento de los discursos en torno a la experiencia y subjetividad femenina, evidenciando la forma en que esta se construye.
Por supuesto, no queremos dejar de señalar las limitaciones del alcance no solo de estos talleres en concreto, si no en general de este tipo de espacios, que no suelen estar diseñados para todo el mundo. Por ejemplo, el perfil de personas interesadas en participar en este proyecto era de antemano muy específico y limitado: mujeres a las que les guste este tipo de literatura, interesadas en participar en un club de lectura (esto suele implicar un tipo de capital cultural específico) y que, además, pudieran comprometerse a leer las novelas cuando tocaba y venir a los talleres, lo cual implica una cosa: tiempo disponible y energía, lo cual no abunda en las vidas precarias. Por otro lado, se viene popularizando un fenómeno: cobrar por los clubes de lectura. Esto, evidentemente, deja fuera, de nuevo, a personas con una situación económica precarizada. En esencia, es una privatización de estos espacios y saberes, lo cual va en contra de esa defensa de lo público que queremos hacer. Las propias participantes comentaban que, aunque para ellas la actividad era muy enriquecedora, era complicado que otra gente se interesara por estos temas o este tipo de actividad. ¿Cómo despertar el interés, por ejemplo, de un joven adolescente que ya consume diariamente y reproduce discursos reaccionarios? ¿Hasta dónde llega el potencial revolucionario o transformador de la conversación? Nos gustaría abrir una conversación con el auditorio en la que explorar estas limitaciones y plantear estrategias para explotar sus potencialidades.
En definitiva, lo que nos buscamos con nuestra intervención es rescatar la importancia de la literatura y de la conversación como herramienta de (auto)reflexión y de construcción de vías de resistencia, por un lado, pero también de de-construcción, favoreciendo ese darse cuenta de que las cosas podrían ser de otra manera. También la importancia de poder leer relatos en los que te puedas reconocer, que la narración de las historias de vida tiene la potencialidad de despertar conciencias, de animar a la movilización, o, por lo menos, de colectivizar el malestar y paliar la soledad que trae consigo el aislamiento que supone el etiquetamiento, la clasificación constante de tu cuerpo y de tu ser. Cuando, al contarte y escuchar a otras contarse, te das cuenta de que no eres la única que no está a gusto con el mundo tal como ha sido montado, sabes que existe la posibilidad de poder cambiarlo.
Abogamos por una conversación para vincularse y sostener los vínculos, para reconocerse en el otro, para imaginar y crear nuevas realidades, para reconstruir y transformar la subjetividad, para dialogar con el pasado e imaginar mejores futuros posibles.
