Malestares, ignorancias y comentarios online

 

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Hace unos días leí una noticia cotilleo sobre Halle Berry y el último de sus problemas de custodia compartida acerca de la denuncia al padre de su hija por, sin su consentimiento, haberle alisado y teñido el pelo con el fin de que parezca “más blanca”. Entre los comentarios, en general poco amables con la actriz, había uno donde se le atribuía estar “acomplejada”. Lo flipé con semejante engendro de epistemología de la ignorancia. Este término de Charles Mills, referido al racismo y dominación blanca como una forma de epistemología invertida, define la incapacidad o rechazo por parte de quienes ocupan una posición de privilegio de comprender, percibir y reconocer las experiencias de los que ocupan posiciones subalternas. Esto es, cómo los blancos ignoramos la dominación racial sobre los no blancos, y como esa ignorancia se convierte en un rasgo constitutivo del ser blanco. Podemos encontrar esas formas de epistemología invertida o ignorancia activa en otros ejemplos de desigualdad, y las secciones de comentarios online son un buen lugar para realizar tan desasosegante tarea.

De desasosiego a desasosiego, del que mueve a reaccionar escribiendo un comentario a lo leído en un blog o noticia, al malestar que dicho comentario provoca en la que lo lee. O sea que si manifiestas explícitamente tu conciencia, crítica o preocupación por las discriminaciones que llevas viviendo y viendo toda tu vida, lo que pasa en realidad es que tienes un problema psicológico. Ya se sabe, si no te acomodas a la desigualdad es que tienes un complejo, o un exceso de susceptibilidad (“no se os puede decir nada ahora a las tías que mira cómo os ponéis…) o falta de sentido del humor; o eres una aguafiestas, como nos recuerda Sarah Ahmed con su “feminist killjoy”. Las aguafiestas que vienen a turbar la convivencia de la comunidad, como si el problema que señalan lo creara el acto de hacerlo explícito o criticarlo (estábamos aquí tan a gustito haciendo como que somos iguales y no nos damos cuenta de nuestros privilegios y vuestras desventajas y venís a fastidiarlo). Si persistes en aguar el buen rollo entonces eres una pesada insistente (pushy), que empujas y fuerzas a los que te escuchan a ponerse en el lugar del otro o al menos a tener que resistirse para no hacerlo, para aguantar el empujón, suscitando así las cuestiones que se ignoran e invisibilizan porque no hay otra forma de traerlas a la conversación (qué pesados son estos activistas, qué feminazis, qué histéricos en sus protestas, cómo molesta el ruido, qué troles y vaya trolas). Y digo ponerse en el lugar del otro y no meterse en su piel, porque ni de coña, ni con la mejor de nuestras intenciones, podemos meternos siendo blancos en pieles que no lo son. Acabar con la epistemología de la ignorancia requiere empatía, desde luego, pero también reconocer los límites de la empatía y la radical diferencia de las experiencias. Mejor que intentar meterse en la piel del otro, como también hacen a su manera los que atribuyen complejos, es tomar conciencia de lo que entraña estar en nuestra propia piel, de los privilegios que nos otorga y de las mil maneras en que los reforzamos y los protegemos, con nuestros saberes y nuestras ignorancias activas, nuestras acciones y nuestros “despistes”.

Leer los comentarios anónimos en los blogs o en las noticias de prensa puede ser a menudo descorazonador, como en este caso, y un riesgo mayor cuando son amenazantes e insultantes si eres la que ha escrito el post en cuestión o el objeto de la noticia. Por eso, aunque pueda parecer paradójico, empieza a tomar fuerza el consejo convertido en campaña de no leer los comentarios, o de hacerlo sólo en espacios más amables y menos anónimos.

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Así que no resulta extraño que “reinas de la participación”, como describe Cathy Davidson a danah boyd en un correo reciente de la lista FemTechNet, aparezcan en la inauguración de su nuevo centro de estudios con una pulsera roja con el lema “Never read the comments”, que se está convirtiendo en el lema hermano del “don’t feed the troll”. FemTechNet está suscitando debate e iniciativas en torno a la seguridad (safety) y la participación pública online, generada por la preocupación de profesoras y académicas de esta red a la hora de incitar a los alumnos y sobre todo alumnas a exponer sus puntos de vista y resultados de investigación en los espacios públicos digitales, vistas las reacciones hostiles con que se reciben a menudo los discursos que cuestionan y denuncian privilegios (de género, raza, clase, etc.) y el matonismo digital de quiénes se dedican a seguir blogs, diarios, y cuentas de twitter para soltar exabruptos y amenazas con el fin de callar bocas. Davidson subraya en su correo el poderío a corto plazo de estos lemas e iniciativas para las que intervienen online en debates públicos sobre discriminación y desigualdad.

De manera que cuando queremos ser aguafiestas, desafiando esas trabajadas ignorancias que justifican e invisibilizan desigualdades, escribiendo un post o lanzando una propuesta en cualquier espacio público en línea, el problema ya no sería tanto los “zero comments” (algo que se busca mitigar también enlazando los posts en tuits y muros de Facebook), sino cómo gestionar, para que no nos asusten ni nos paralicen, los insultos, las amenazas o simplemente la toma de conciencia de las formas y argumentos que toma la banalidad del mal contemporánea, a menudo en comentarios más o menos serenos, que no pretenden ser amenazas ni insultos, donde se reproducen justificaciones de las injusticias, tergiversando y ocultando privilegios.

De malestar a malestar y desasosiego a desasosiego ¿cómo definimos el troleo cuando tenemos que empujar nuestros argumentos molestos con inevitable aspereza y queremos evitar que nos callen, atemoricen o amenacen? La propuesta nada novedosa es no obviar la desigualdad y sus asimetrías, por ejemplo subrayando que las asperezas de los discursos y tonos no son simétricas ni independientes de quiénes los formulan y lo que tratan, que aquí tampoco se pueden desligar forma y contenido; que posiciones desiguales producen afectos desiguales aunque los etiquetemos con los mismos nombres, que mi indignación no es la misma que la suya, que formas en apariencia serenas pueden ser mil veces más insultantes y burdas en la desfachatez de lo que cuentan que decir, por ejemplo, “cómeme el coño con pan bimbo”.

Una estrategia para no paralizarse ni descorazonarse puede ser esa de no leer los comentarios o hacerlo de manera intermitente, esto es, rechazando la forma de diálogo que proporciona la arquitectura del blog o la web en cuestión sin renunciar a las posibilidades de expresión y publicidad de esos formatos. Pero otra estrategia también puede ser esta

Escribir de tal manera que el miedo lo tenga el que te vaya a comentar, en lugar de la que vaya a leer comentarios amedrentadores. Aguarles la fiesta del troleo haciéndoles sudar, esto es, construir nuestra propuesta (post, video, texto o lo que sea) de tal manera que se le vea el plumero a la ignorancia activa y de que no sea nada fácil hacer “como si” no me entero de mis privilegios. Ambos casos obedecen al deseo de empujar y obstaculizar esas epistemologías de la ignorancia, posibilitando que lo que se cuenta moleste y desasosiegue, que lo que decimos no se quede sólo en el círculo de los amigos. Pero si en el primero protegemos nuestro poderío evitando que los haters nos asusten y paralicen, en el segundo se busca que lo que se cuenta, y el modo en que se cuenta, vuelvan temeraria una defensa agresiva contra el empujón. No se trata de decidir cuál es mejor, podemos practicar las dos estrategias según lo que nos pida el cuerpo y cómo andemos de aguante. Pero reconozco que el reto de la Filósofa Frívola de plantear la escritura como un desafío desafiante me pone (eso si, fácil no es).

Y luego estaría también el interés sociológico de leer estos comentarios como opción metodológica para indagar en las formas actuales de la epistemología de la ignorancia. No pienso tanto en los de los energúmenos insultantes, como en los que aportan explicaciones del estilo del “complejo de inferioridad” citado. El interés no reside en una hipotética representatividad, no suponemos que representen mayorías, minorías o colectivos, pero si que ofrecen una posibilidad para mapear desasosiegos y justificaciones ignorantes, la expresión de creencias y temores que no emergen con tanta facilidad en nuestras técnicas de investigación discursivas al uso en entrevistas y grupos de discusión.

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