Sara Rodero Ibáñez
Sesión: Mediaciones de los cuidados: ¿Nos acompañamos?
26/05/2026, 16.00-17.00
Resumen: En los últimos años, y especialmente desde la pandemia de COVID-19, la salud mental se ha convertido en uno de los grandes lenguajes a través de los cuales interpretamos el malestar contemporáneo. Ansiedad, depresión, burnout, trauma, apego, disociación o autoestima han dejado de circular exclusivamente en espacios clínicos o especializados para instalarse de forma cotidiana en las conversaciones ordinarias, en los medios y, de manera especialmente intensa, en las redes sociales. Si antes hablar de sufrimiento psíquico se encontraba fuertemente atravesado por el estigma, hoy asistimos a un proceso ambivalente: por un lado, una relativa desestigmatización del malestar; por otro, una creciente psicologización de la vida cotidiana. La pandemia supuso un punto de inflexión decisivo en este proceso. El confinamiento, la suspensión de la presencialidad y la intensificación de la incertidumbre trasladaron buena parte de la vida social a las pantallas. Las redes sociales se consolidaron no solo como espacios de entretenimiento, sino como infraestructuras fundamentales para sostener vínculos, compartir experiencias, buscar reconocimiento y construir sentido sobre aquello que nos estaba ocurriendo. En ese contexto, la conversación pública sobre salud mental se expandió de manera notable, articulando nuevos repertorios afectivos y narrativos para nombrar el cansancio, la angustia, la soledad o el miedo.
Esta propuesta busca pensar precisamente ese cruce entre malestar, plataformas digitales y formas contemporáneas de lo común. Nos interesa explorar cómo, en el escenario postpandémico, las redes sociales se han convertido en espacios privilegiados para la producción de discursos sobre salud mental, pero también en lugares donde se disputan sentidos sobre el sufrimiento, la responsabilidad, el cuidado y la comunidad. En este sentido, nos interesa pensar no simplemente “las redes sociales”, sino el régimen afectivo y relacional del internet que nos ha tocado vivir. Un internet profundamente plataformizado, privatizado y organizado alrededor de dinámicas adictivas, donde los algoritmos seleccionan aquello que aparece como relevante, emocionalmente intenso o digno de atención.
Este contexto resulta fundamental para entender la proliferación contemporánea de discursos sobre salud mental. El auge del autodiagnóstico, la circulación masiva de contenido psicológico breve y la popularización de lenguajes clínicos en el habla cotidiana no son procesos independientes de la forma técnica y económica de las plataformas.TikTok, Instagram o X no solo alojan discursos: los producen, los ordenan y los amplifican. La lógica algorítmica privilegia formatos rápidos, emocionalmente reconocibles y altamente compartibles. Listas de síntomas, relatos en primera persona, memes sobre ansiedad o vídeos explicativos sobre trauma circulan porque encajan con una forma concreta de internet: una internet basada en la captura de atención, la identificación inmediata y la repetición.
En este sentido, podemos mirar a fenómenos como el (auto)diagnóstico como forma cultural específica de este momento digital. Este proceso se ve ineludiblemente facilitada por un lado por la dificultad de acceso a recursos de apoyo institucional y el desarrollo de un lenguaje dentro de las plataformas que facilitan procesos de identificación masiva: la persona se encuentra en la pantalla con una lista de signos, una narración breve o una experiencia ajena que resuena con la propia y comienza a releer retrospectivamente su vida bajo ese marco interpretativo. Sin embargo, reducir este fenómeno a mera banalización sería insuficiente. El autodiagnóstico también responde a una necesidad social de nombrar malestares que durante mucho tiempo permanecieron silenciados o estigmatizados. Las redes han abierto en ciertos momentos claros en comunidades donde se pudo hablar de manera más libre sobre los malestares compartidos, contribuyendo a la desestigmatización parcial del sufrimiento psíquico, permitiendo que muchas personas encuentren lenguajes para describir experiencias antes vividas en soledad. Por ello es interesante re pensar cómo internet ha funcionado, en ocasiones, como infraestructura para nuevas comunidades de sentido deslocalizadas. Comunidades no articuladas por la proximidad física, sino por experiencias compartidas, lenguajes comunes y afectos reconocibles. Y que al mismo tiempo las mismas infraestructuras que permiten conexión, escucha y acompañamiento están diseñadas para fomentar patrones compulsivos de consumo. La scroll culture, la hiperestimulación constante, la comparación social permanente y la exposición continuada a contenidos emocionalmente intensos pueden contribuir al deterioro del bienestar.
En este sentido, proponemos atender a cómo las plataformas no solo acogen discursos sobre salud mental, sino que participan activamente en la generación de condiciones afectivas que la deterioran. La economía de la atención produce fatiga, saturación emocional, ansiedad por la comparación y dificultad para sostener vínculos fuera de la lógica inmediata de la plataforma. Así, internet aparece no solo como lugar donde hablamos del malestar, sino como parte del entramado material que lo produce. Este punto conecta directamente con la reflexión sobre lo público y lo común. ¿Qué implica que una parte creciente de nuestras formas de cuidado, escucha y reconocimiento se produzca en infraestructuras privadas? ¿Qué sucede cuando las comunidades afectivas que sostienen el malestar colectivo dependen de plataformas pensadas para capturar nuestra atención? La propuesta busca precisamente mapear esta tensión. Por un lado, internet como espacio donde se ensayan nuevas formas de comunidad, apoyo mutuo y desestigmatización. Por otro, internet como dispositivo privado, adictivo y económicamente orientado que reproduce y amplifica formas contemporáneas de sufrimiento.
