Nulla aesthetica sine ethica: el buen gusto como microfascismo

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Sesión Conversatorio: Tú sí que molas. El (mal) gusto como trinchera
28/05/2022, 16.00-17.45

ÁLVARO CHAVERO MOLINA

En su libro Trucos del oficio, Howard Becker afirma que «el buen gusto es una poderosa forma de control social. La manera más fácil de conseguir que alguien deje de hacer algo que nos desagrada es insinuarle que es “ordinario”». El buen gusto es un mecanismo del orden social y todos somos, en alguna medida, sus policías: «¡Eh, tú! ¿Adónde vas con esas pintas?». Esta interpelación productiva integra a los sujetos en un orden de lo bello, en un régimen estético no exento de relaciones de dominación.

El canon produce mutilaciones/mutila producciones/produce mutilando/mutila produciendo. Como esterilizada herramienta de una violencia simbólica muy específica, marca lo extraño, lo queer, y trata de corregirlo coercitivamente a partir de microfascismos, una humillante llamada al orden y un deseo represor punitivo que sitúa al enunciador en una anhelada y embriagadora posición de poder. Normalmente, se pone en juego un poderoso aparato ideológico-afectivo: el avergonzamiento de aquello juzgado como ridículo. El sentimiento de la vergüenza opera como una máquina niveladora que reproduce lo Mismo.

¿Y cuando este dispositivo falla? Cinegética desde las tripas del capitalismo. Los vínculos de la estética y el fascismo se remontan a la obra de Walter Benjamin. Este escribe, en «La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica», que «el fascismo se dirige hacia una estetización de la vida política», cuya diseminación alucinógena permite a la humanidad «vivir su propia aniquilación como un goce estético de primer orden». La guerra por (la guerra por (el arte por el arte)) se identifica con una poética gubernamental en la que el caudillo moldea con su cincel a la masa, igual que opera la moda con los cuerpos modelos. El comunismo responde, dice Benjamin, con la imprescindible politización del arte, con una estética politizada: ordinaria, vulgar, diversa, disruptiva, crítica. Como señala Umberto Eco en Psicología del vestir, «el vestido es comunicación», algo de lo que ya se había percatado Roland Barthes en El sistema de la moda. La ropa que usamos es un conjunto de signos, un mensaje dotado de significados, y, como tal, participa en la lucha de clases, siguiendo a Valentín Volóshinov. «Quien haya estudiado a fondo los problemas actuales de la semiología no puede hacerse el nudo de la corbata […] sin tener la sensación clara de seguir una opción ideológica», dice Eco.

En nuestro presente convergen dinámicas como el fuerte resurgir reaccionario y la hiperestetización del yo auspiciada por las redes sociales digitales. Por ello se hace más necesario que nunca pensar desde dónde se dictamina y objetiva el sentido social del gusto que perpetúa la estratificación entre los distinguidos petimetres y el resto, que confunde cultura popular con baja cultura. ¿Quién acumula ese capital erótico? Aquellos que disfrutan de una circulación privilegiada entre los diferentes tipos convertibles de capital, cuya retroalimentación explica que, con una violencia muy sigilosa, muy emperifollada, muy sonriente (¡qué educada!), nada cambie.

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