El agotamiento de la política-yenka y la potencia de lo ordinario y lo popular

Hay quien se empecina en explicar el mundo con la letra de la yenka (“izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, detrás, un, dos, tres”) y en actuar en él siguiendo su coreografía (doble patada a un lado, doble patada al otro, salto hacia delante, salto hacia atrás, y tres rebotes sobre la misma posición). Pero hoy esa política yenka agota y está agotada y, en su mirar para otro lado, se ve desbordada por lo ordinario y lo popular.

La peluquería, el vestuario, la puesta en escena de Enrique y Ana traslucen el paso del tiempo sin tapujos. Y lo que se sabe viejo, al saborearse como tal, torna vintage o retro, de modo que podemos reconocernos de algún modo. La política yenka, sin embargo, sigue reivindicándose contemporánea. Es esa testarudez la que la hace viejuna, que no vintage o retro, lo que provoca desde pereza desafecta a indignación manifiesta.
La yenka se reconoce superficial desde el inicio: “Vengan chicos vengan chicas a bailar / Todo el mundo viene ahora sin pensar / Esto es muy fácil lo que hacemos aquí”.  “Hay que fácil es la yenka”, “no hace falta comprender la música” son otras de sus rimas (alguna un tanto forzadilla). La política yenka sigue a pie y juntillas letra y coreografía, pero se declara profunda, con vanguardias autoproclamadas que, plantadas delante, menosprecian a los demás y con tal pretensión de control que en su obsesiva  sospecha hacia qué o quién está detrás desatienden lo que tienen ante las narices. Incluso sin parecer importarles tres narices. Porque la política yenka dedica en la práctica mucho más tiempo a sus postureos, votando, rebotando y girando sobre sí mismos, que a las crecientes desigualdades y la cruel multiplicación de sus consecuencias. Las vanguardias y los representantes yenka, abstraídos en sus ritmos y ejes, con su fijación por con-vencer sin ser con-vencidos, se pierden en su ombligo (que con frecuencia culmina una barriga mejor alimentada que la media) y ningunean lo ordinario. Es decir, desconocen, minimizan o deslegitiman los desafíos, dolores y placeres cotidianos de aquellos por quienes pretenden hablar al tiempo que ocultan o ignoran su propio compromiso, interesado o inercial, con la reproducción de una normalidad y un orden profundamente asimétricos y abusivos.
Muestra de ello es la rapidez, rotundidad y consenso ritual con que se condenan los escasos actos violentos protagonizados por algunos yonquis de las yenkas y por quienes se juegan sus posiciones con ellos, en escandaloso contraste con la connivencia, la tolerancia, la desidia o el silencio con respecto a otras formas de producción generalizada de daños (desempleo, fraude fiscal, recortes, etc.) a las que jamás se tilda de antidemocráticas con el mismo empeño. Y así se acaba dedicando más tiempo y energía a sembrar dudas sobre la legitimidad de los escraches que a erradicar las prácticas delictivas y criminales que en ellos se denuncian. O se actúa con mayor firmeza contra los desaciertos en las movilizaciones estudiantiles que en favor de sus razones, relegadas a lazos verdes en solapas físicas o virtuales o a declaraciones protocolarias, lo que revela tanto su debilidad y vacuidad como las alianzas monstruosas en las que se acaba tomando parte.

Hay sin embargo formas potentes de orientación en lo cotidiano  que, hiperritualizados en la política yenka, la desbordan. Son las tensiones entre arriba y abajo que visibilizan iniciativas ciudadanas como la PAH o los múltiples y diversos 15M; o entre lo abierto y lo cerrado, como señalan los movimientos ligados al software libre y el open access; o entre dentro y fuera, como vienen denunciando las diversas mareas en defensa de los servicios públicos o reinterpretando campañas con las de Juventud sin Futuro.
Lo popular más que mediar remedia: jugando en el campo de los conocimientos prácticos, las experiencias, las emociones y los deseos compartidos recompone lo viejo con lo nuevo y al hacerlo reinterpreta, reinventa y alivia, dejando en evidencia la simplicidad de lo abstracto y a sus voces expertas y educadas. Algo similar hace el blues, algo parecido despiertan las damas del soul, la cultura hip-hop o el quejío flamenco. Del mismo modo escenas como ésta, de la serie Arriba y Abajo , pero también las telenovelas y otros géneros televisivos denostados facilitan la empatía y la puesta en común de problemas sociales, como en su día se reconoce ya que hicieron novelas populares como  La nueva Eloísa o La cabaña del Tío Tom.

Lo ordinario y lo popular puede ser mejor brújula a la hora de orientar alianzas monstruosas en estos tiempos convulsos que muchos principios rectores naturalizados y desencarnados: “Un hombre pasa con un pan al hombro / ¿Voy a escribir, después, sobre mi doble? […]/ Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre / ¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?”, se pregunta César Vallejo en este poema. Pues al emocionarnos y conmovernos podemos componer otras rimas, que partan y compartan desde abajo sin descuidar los “afueras”, y aventurarnos en otros ritmos y bailes menos cartografiadas de antemano.

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Acerca de elena casado

Socióloga ordinaria y profesora de Sociología (UCM) Más info en http://ucm.academia.edu/ECasadoAparicio @duendudando
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2 respuestas a El agotamiento de la política-yenka y la potencia de lo ordinario y lo popular

  1. amparo lasén dijo:

    La política yenka tiene otro rasgo en común con la puesta en escena de Enrique y Ana, su ñoñería. Es ñoño ese rasgarse las vestiduras de los del congreso cuando la Colau llamo criminal al banquero por sus palabras, como es absolutamente ñoño eso de llamarle violencia y acoso a los escraches, o las múltiples intervenciones televisivas de la Talegón insistiendo en lo importante e intolerable que era que la hubieran echado de la mani, esa sensiblería hipócrita que ve violencia en los gritos y palabras que les disgustan, mientras se niega a reconocer la violencia de los deshaucios, los recortes, la subida de las tasas… Esto de querer invalidar las críticas por las formas ya lo habíamos visto antes, por ejemplo tachando de histéricas a aquellas y aquellos que no respetan las formas de la política como tiene que ser, a las feministas, a los activistas gay de Act-Up, a los ordinarios en general. La política yenka la añade ahora la tontuna ñoña… con la que está cayendo

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