Manuel Cabrera de Diego (UCM)
Sesión: Café con Pósters (II)
27/05/2026, 11.30-12.15
Resumen: “Nuestra casa era la última de la calle de la Iglesia, inmediata a esta, y en lo más alto del pueblo, dominando dos ríos, frente al mar y con un panorama por la parte de tierra, verdaderamente espléndido”. Así describieron los maestros del Museo Pedagógico de Instrucción Primaria la localización de la Primera Colonia Escolar en 1887, marcando un hito fundacional del campismo en el Estado Español.
Trazar el origen del mundo de los campamentos y de esa buscada libertad juvenil es una tarea compleja. Es improbable que exista un registro de aquellas huidas espontáneas al campo para escapar de padres autoritarios y de profesores estrictos. Pero, paradójicamente, en esa huida intervino los intereses de los recién nacidos Estados-Modernos. A través de una apariencia de juego y diversión se sistematizaba y catalogaba. Los inicios del campismo nacen de esta tensión entre la búsqueda de autonomía y un aparato de poder decidido a docilizar los cuerpos del nuevo sujeto político: los/as adolescentes. El aire libre, lejos de ser un vacío de normas, se convirtió en el laboratorio perfecto para moldear los cuerpos e identidades.
Simultáneamente, esta institucionalización abonó el terreno para futuras culturas campistas que exploraron modos de convivencia únicos y bellos. Si bien esta andadura comenzó bajo fines pedagógicos de control, en los recovecos del poder siempre han existido (y existen) grietas para la disidencia. Es en esos márgenes donde surge un campismo subversivo, capaz de transformar el lugar reglado en un escenario de resistencia frente al mandato soberano. La Primera Colonia Escolar es, quizás, el punto de partida simbólico de este fenómeno en el Estado Español. En esa casa en lo alto de San Vicente de la Barquera, se materializa la primera gran tensión de la Cultura Campista: el conflicto entre la libertad y el poder. Entre el campamento como refugio y el campamento como institución.
