Trans-grediendo el sujeto feminista: las fronteras que habitamos también gritan

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Sesión Cuerpos ordinarios
28/05/2022, 12.30-13.30

ÉDEL GRANDA VIÑUELAS

Dentro de los feminismos se sigue dando turno de palabra a según qué cuerpos. Se sigue pudiendo hablar de según qué violencias. Colocar lo “trans” en el centro es dejar de centrarse en lo que somos para resistir desde cada una de las venas periféricas abiertas que habitamos. ¿Cómo devolver a los cuerpos la importancia que merecen? ¿Cómo llevar a la práctica la crítica que lanzó Nietzsche sobre la cultura occidental?

Imponemos las categorías hombre y mujer, masculino y femenino incluso en los movimientos sociales. Si bien, en tanto norma, hay sujetos que se salen de ella, en este caso patologizades por el sistema normativo, lo innombrable, y si es nombrable es como diagnóstico de desviación. Se trata la “transexualidad” como diagnóstico médico o social, buscando sus causas y justificaciones a su “identidad sexual” también en espacios feministas. Pero ¿qué quiere decir identidad sexual? El problema es, de nuevo, “creer ser algo”. Roberto Esposito habla de inmunitas. Aunque nos creamos libres, activistas, feministas y LGTBI, según la lógica inmunitaria tendemos a cerrarnos respecto al exterior como forma de controlar la alteridad. Policías del género vigilan las fronteras del cuerpo, del deseo, de la lucha y de la jerarquía de opresiones. Vigilan cuándo y de qué manera se pertenece a la lucha feminista o LGTBI. Sin embargo, lo trans, si no se domestica, tiene la potencia, al igual que las identidades diaspóricas, de llamar la atención acerca de algo casi no percibido por la inmunización de la comunidad: la no pertenencia, la impropiedad.

¿Podemos hablar de las personas trans si no es como algo más allá que la identidad estratégica? Y respecto a esto ¿hasta qué punto es útil, a veces sí y a veces no? ¿En qué momentos? ¿Podemos utilizarlo para “engañar”? ¿Y si queremos engañar como estrategia política?

Para empezar, una de las claves está en romper con la idea de “conocer”, “sacar información” de personas que habitan la alteridad. Sacar información en el sentido de hacer extractivismo activista de sus experiencias, curiosas y diferentes. Sacar información para incluirles en un punto del manifiesto. Así, claro que se pensará que el engaño no debe estar permitido y es un riesgo para la lucha. Hay que atreverse a engañar. Hay que buscar la violencia epistémica que se reproduce también en asambleas y espacios autogestionados. Rescatar todo lo diaspórico, dis y eufórico. Gritar todo lo cuir y trans de nuestras historias sin pedir permiso. Debemos potenciar los cuerpos que aún no se atreven a hablar, crear la posibilidad de abrir canales, en vez de buscar ser incluides y portarnos bien.

No hay sujeto. Hay cuerpos que resisten. Resistencias que logran construirse en la medida en que haya apertura a la escucha dentro de los espacios militantes. Lo grotesco puede enmarcarse en la cuestión fronteriza del género. Lo grotesco de no encajar en identidades fijas, estancas y amables. Problematizar la cuestión de la inclusión/exclusión del feminismo. Considero problemática la noción “transinclusividad” en tanto coloca a unas en un centro y a otres en las fronteras de la aceptación/legitimidad dentro del movimiento. Lo trans y concretamente el transfeminismo apunta a otras formas de entender la lucha. Lo grotesco puede ser el derramamiento de las agendas marcadas desde pedestales. Colocar lo trans* en el centro supone abandonar la comodidad de un sujeto homogéneo. Si bien, tanto el sujeto “mujer” como “trans” debe entenderse no tanto como una identidad sino como una forma de hacer política. Colocarse en la constante frontera y la incomodidad que sobresale de las grietas de este sistema que nos violenta. Enunciar las violencias que habitamos cada une de nosotres y que abren nuevas posibilidades de resistencia. Colocar lo trans* en el centro es arriesgarse a esa incomodidad y dejar de lado los esencialismos y las políticas identitarias. Es recuperar el “no ser” desde lo político.

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