Las plantas del Campo de Cebada se riegan casi todos los días

Sociología Ordinaria Seis!!! Lo hacemos y ya vemos
Sesión Experiencias del Común

08/05/2018, 11.15-12.00


JORGE MARTÍN SAINZ DE LOS TERREROS es… [pendiente de actualización]

RESUMEN: En el Campo de Cebada había un jardín y un huerto. Las plantas que allí crecían se regaban casi todos los días; había plantas aromáticas, trepadoras, arbustos, árboles y verduras. Pero, ¿qué era necesario para regar casi todos los días? ¿Por qué ‘casi todos’ los días, y no ‘todos’ los días? ¿Cuáles eran los elementos que determinaban la periodicidad, el orden y las jerarquías de regado? Estas son las preguntas que se plantean en esta comunicación.
A partir de un trabajo de campo (nunca mejor dicho) desarrollado durante el verano de 2015, planteo el análisis de una práctica de participación urbana mundana, casi invisible, ordinaria. Las jardineras del Campo realizaban su tarea a la sombra de los árboles, pero no solo, también lo hacían a la sobra de los eventos más vistosos del Campo: los conciertos, las ferias de comics o el cine. El jardín y el huerto en el Campo eran parte de la periferia, parte de lo marginal. Lo único que saltaba a la vista aquellos días eran los girasoles, bonitos y esplendorosos daban una imagen preciosa al Campo. Sin embargo, detrás de los vistosos girasoles había una práctica que desarrollaba un cuidado atento y delicado de forma constante y consistente.
El análisis del material etnográfico obtenido durante mi estancia en la Cebada me permitió darme cuenta de que la práctica del regado requería de tres condiciones para poder ser desarrollada; tres condiciones que daban forma al regado cada vez que este tenía que ser puesto en práctica, a saber: tenía que haber suficiente agua con suficiente presión, y el jardinero o la jardinera tenía que disponer de suficiente tiempo para el desarrollo de la misma. Si alguna de estas condiciones no se cumplía, por múltiples y variadas razones, las jardineras y las plantas, junto con todo el resto de elementos que mediaban el regado, debían negociar.
Naturalmente, era una negociación en donde el lenguaje no tenía lugar, o al menos, no un lenguaje con palabras. La negociación se llevaba a cabo de otra manera, más relacionada con lo afectivo. Las plantas ‘respondían’ al regado cuando al día siguiente sus hojas habían recobrado el color verde brillante, por ejemplo, y también ‘pedían’ agua cuando sus flores se ponían ‘tristes’. Así, en esas conversaciones sin palabras entre la jardinera y las plantas, el gobierno del huerto transcurría desplegado en la invisibilidad.

Anuncios